Al obtener una respuesta afirmativa, Eleonor lo arrastró escaleras abajo a paso rápido.
—Entonces vamos a hacer un muñeco de nieve, si no, al rato oscurece y ya no me vas a dejar salir.
En el jardín todavía caía una nevada intensa, pero Iker la había abrigado hasta los ojos, así que el frío no era problema.
Ella tenía mucha experiencia haciendo muñecos de nieve, y en poco tiempo la figura empezó a tomar forma.
Se dio la vuelta y le gritó a Iker, que le ayudaba a acarrear bolas de nieve:
—Ayúdame a traer una zanahoria.
Iker no iba a negarse.
—Ve más despacio, cuidado no te vayas a resbalar.
Aunque se lo advirtió, no se quedó tranquilo y llamó a una empleada para que la cuidara.
Eleonor se concentró en redondear la cabeza del muñeco. Cuando vio por el rabillo del ojo la silueta del hombre pasando por la sala, brillantemente iluminada, se quedó un momento abstraída.
Sintió una extraña sensación, como si estuviera en otra vida.
De repente recordó que el año pasado, probablemente también por fechas navideñas, había estado en cuclillas en el jardín de Villa Orquídea, haciendo un muñeco de nieve igual que ahora.
Solo que, en ese entonces, estaba sola y no tenía nada.
Pero hoy, todo era diferente.
—¿Por qué te quedaste pasmada?
A su lado, Iker había regresado sin que ella se diera cuenta. Probablemente le había extendido la zanahoria y, al ver que no reaccionaba, la miró con curiosidad.
Eleonor levantó la cabeza para mirarlo. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, pero sus ojos brillaban con humedad.
—Es que estaba pensando... que ahora soy muy feliz.
Todo, absolutamente todo, era mil veces mejor de lo que jamás imaginó.
Como si todo el pasado hubiera sido solo un mal sueño.
Iker la miró fijamente durante un largo momento. Luego, se puso en cuclillas y extendió la mano para acomodarle el gorro, que se le había enchuecado.
—Qué bueno que seas feliz. Yo también lo soy.
Mientras hablaba, señaló suavemente el abultado vientre de ella.
—Y ella, en el futuro, será tan feliz como nosotros.
—Como mi salud ya está más estable... aunque los pacientes graves de la clínica los está viendo el maestro, con la señora Estrada...
No terminó la frase y su voz se volvió casi inaudible, como un susurro.
Considerando que Iker no se le había despegado ni a sol ni a sombra en los últimos días, lo más probable era que no estuviera de acuerdo con que volviera a trabajar tan pronto.
Al ver que no había respuesta al otro lado de la línea, dudó un momento y trató de abogar por sí misma:
—Ahora es un momento clave para la rehabilitación de las piernas de la señora Estrada. Lo más importante es que su tratamiento ya no es complejo, no me consumirá energía y me servirá para distraerme un rato...
—¿A qué hora quieres ir? —sonó la voz grave del hombre.
—¿Aceptas?
Eleonor no esperaba que accediera tan fácilmente. La tomó por sorpresa y, temiendo que se arrepintiera, dijo de inmediato:
—Quiero ir ahorita mismo.
Iker reflexionó brevemente.
—Está bien. Arreglaré que Joaquín y los demás te lleven.

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