Él dijo «Joaquín y los demás».
Eleonor no le dio muchas vueltas al escucharlo, hasta que se cambió de ropa, bajó las escaleras y se dio cuenta de que, efectivamente, eran «los demás».
Además de Joaquín y Dante, había cinco guardaespaldas.
Era un despliegue de seguridad en toda regla.
De camino al Chalet La Brisa Marina, Eleonor no pudo evitar enviarle un mensaje a Iker: [¿Es por Leonardo?]
Pero sentía que algo no cuadraba.
Todo había pasado hace pocos días; era improbable que Leonardo contraatacara tan rápido.
Un segundo después, apareció una respuesta en su WhatsApp que resolvió sus dudas: [Es por Amelia.]
[Alguien pagó su fianza y ella aprovechó para escapar.]
Eleonor apretó las manos inconscientemente. Supuso que algunos amigos turbios de Amelia la habían ayudado. Respondió: [Entonces le termino el tratamiento a la señora Estrada y me regreso temprano.]
No quería causar más problemas por su culpa.
Si hubiera sabido antes que Amelia se había escapado, tal vez ni siquiera habría salido de casa.
Iker la tranquilizó: [Tranquila, con Joaquín y los demás ahí, no se atreverá a hacer nada directo.]
Eleonor respondió con un «Ok». Fue como tomarse un calmante; se sintió mucho más segura.
Antes de salir, ya había llamado a la familia Estrada, así que cuando llegó, Rufino ya la estaba esperando en la puerta.
—¿Llegaste?
En cuanto se abrió la puerta del coche, Rufino, un hombre siempre elegante y culto, se adelantó a Joaquín para tenderle la mano y ayudarla a bajar, con la preocupación de un hermano mayor.
—Despacio. ¿Ya puedes salir? ¿Cómo va tu recuperación?
Estos días, los Estrada habían querido ir a visitarla al Chalet El Roble Dorado, pero no habían podido.
Primero, por miedo a interrumpir su reposo; y segundo, porque en el asunto de Amelia ellos no tenían cara para presentarse. Mientras Amelia no fuera recapturada, se sentían avergonzados frente a Eleonor.
Por lo visto, Iker ni siquiera le había contado nada a ella.
—Ya estoy casi recuperada.
Eleonor se apoyó levemente en su antebrazo y, una vez firme en el suelo, retiró la mano.
—Gracias, Rufino.
—¡Ellie!
Desde la entrada principal de la villa se escuchó la voz llena de alegría de Yolanda Vázquez.
Eleonor se giró para mirarla y su tono se suavizó.
—Señora Estrada, ya estoy casi bien. Pensé en venir a ponerle las agujas para que se recupere más rápido.
—Lo siento, por mis problemas personales he retrasado su tratamiento...
—¡Niña tonta!

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