Se pasaba los días contando las horas para ver a Zoe, y justo ahora que la muchacha iba a visitarla, terminaba hecha un mar de lágrimas.
Yolanda se llevó una mano al pecho; todavía sentía una opresión muy fuerte. Evadiendo la pregunta, quiso saber:
—¿Tu papá se quedó hoy en la mansión principal?
—Se fue al campo de golf —contestó Rufino.
Ante el temor de que Ireneo volviera a cometer una estupidez, Leopoldo había dejado gente en la casa para que le reportara todos sus movimientos.
Esa misma mañana, en cuanto Ireneo puso un pie en la calle, alguien le mandó la información a Rufino.
Ireneo siempre había sido un hombre muy disciplinado. Cuando trabajaba, solía hacer ejercicio en sus tiempos libres, con mayor razón ahora que lo habían jubilado a la fuerza.
—Al menos se lo está tomando con calma. —Yolanda apretó los puños y soltó un largo suspiro, liberando la tensión—. Al rato que llegue tu abuelo y pregunte por Ellie, dile que la niña creció sola todos estos años, que se acostumbró a tragar grueso y no dar problemas. Dile que, cuando se enteró de la verdad, no culpó a nadie, y que al contrario, hasta justificó a tu papá un par de veces.
Al escuchar eso, Rufino se acomodó los lentes al aire que llevaba puestos, comprendiendo a la perfección.
—De acuerdo. Ya sé por dónde ir.
El abuelo ya cargaba con mucha culpa por lo de Zoe. Si escuchaba eso, la culpa solo aumentaría y, en consecuencia, pensaría que el castigo que le había impuesto a Ireneo aquel día había sido demasiado leve.
—Ah, y menciónale de paso que el bebé de Ellie es una niña. En menos de lo que canta un gallo, tus abuelos van a ser bisabuelos.
Al hablar de eso, la expresión fría en el rostro de Yolanda se desvaneció un poco. Levantó la vista hacia Rufino.
—Y ustedes van a ser tíos.
—A mí no me eches pedradas —Rufino levantó las manos en señal de rendición—. Nosotros no somos como papá. Tanto por sangre como de corazón, Zoe es y siempre será nuestra única hermana.
Y lo decía en serio, con absoluta honestidad.
En esa familia, salvo Amelia Estrada, todos se morían de ganas por recuperar a Zoe.
Y, a excepción de Ireneo, no había nadie que no estuviera de su lado incondicionalmente.
***
De camino al Chalet El Roble Dorado, Benicio se la pasó sacando plática de la nada, charlando de cualquier tontería con Eleonor.
Después de tanto tiempo, por fin tenía la oportunidad de convivir con su verdadera hermana, así que no estaba dispuesto a quedarse callado.
Además, ya no tenía que preocuparse de que el exagerado de Iker le hiciera un berrinche por celos.


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