En la imagen, una niña de no más de uno o dos años abrazaba a un peluche, sonriendo de oreja a oreja.
Se veía radiante y llena de luz.
Aunque esa niña despreocupada no se parecía en nada a la mujer cautelosa en la que Eleonor se había convertido, reconoció su propio rostro de inmediato, casi por puro instinto.
Era ella misma.
Era una foto suya antes de que sus padres la adoptaran.
Sintió un escalofrío en la espalda y tecleó con manos temblorosas: [¿Qué tanto sabes?]
Si ni siquiera ella entendía de dónde venía, ¿cómo era posible que Virginia estuviera enterada de todo?
A su lado, Benicio, que por el ángulo no alcanzaba a ver la pantalla de su celular, notó de inmediato que algo la había alterado.
Esta vez, sin embargo, prefirió no hacer más preguntas.
El coche recorrió las calles a toda prisa hasta llegar al Chalet El Roble Dorado. En cuanto se detuvo por completo, alguien abrió la puerta desde afuera.
Eleonor levantó la vista y se encontró con los ojos oscuros y profundos de Iker. De golpe, la ansiedad que sentía se calmó un poco.
—¿Ya terminaste de trabajar?
Pensaba que regresaría a casa hasta la tarde, por lo menos.
—Sí. Lo que me falta lo puedo revisar a distancia. —Iker la tomó de la mano para ayudarla a bajar.
Mientras hablaba, le echó una mirada de reojo al invitado inesperado.
Benicio, que sabía perfectamente por qué se ponía así, se rascó la nariz en un gesto casual.
—A estas alturas del partido, eso de hacer pagar a los hijos por los errores de los padres ya no se usa, ¿eh?
—Lo que tampoco se usa es llegar a gorronear a la hora de la comida —respondió Iker en un tono gélido.
—¡Ya déjalo en paz! —Susana apareció en el momento preciso y, con una sonrisa de oreja a oreja, saludó a Benicio—. No le hagas caso a este amargado. Ándale, pasa a comer.
Ella no estaba enterada de lo que había pasado, pero tenía algo muy claro: no podían arriesgarse a quedar mal con la familia biológica de Eleonor. Un solo malentendido y su adorada nieta podía hacer las maletas.
Luego, tomó la mano de la joven con cariño.
—¿Ya hace hambre, mi niña?
Eleonor asintió.
—La verdad sí, ya me rugen las tripas.
Una vez dentro de la casa, aprovechando que Eleonor había ido al baño a lavarse las manos, Benicio le hizo un gesto disimulado a Iker.
Ambos hablaron exactamente al mismo tiempo.
Iker no se anduvo con rodeos:
—Sí, lo supe hace unos días.
—Con razón... —Mientras subían por el elevador de la casa, Eleonor se recargó un poco en su brazo y se animó a contestar su pregunta—: Su recuperación va muy bien. En unos días ya casi va a dejar la silla de ruedas.
De hecho, Yolanda ya podía caminar bastante bien con la ayuda de un bastón, pero aún le costaba trabajo, por lo que la mayor parte del tiempo le tocaba resignarse a usar la silla.
Iker bajó la vista para mirarla con ternura.
—Qué buena mano tiene la doctora Muñoz.
Una vez en su recámara, él no se fue a su estudio. Se dedicó a taparla bien en la cama y se instaló a trabajar en el escritorio que estaba ahí mismo.
Normalmente, la presencia de él habría hecho que Eleonor cayera rendida en un segundo, sintiéndose protegida.
Pero ese día tenía tantas cosas en la cabeza que no lograba conciliar el sueño.
Al escuchar cómo daba vueltas en la cama, Iker cerró su computadora, se levantó y se sentó a la orilla del colchón. Observando cómo sus pestañas temblaban levemente mientras se hacía la dormida, le preguntó en voz baja:
—¿Quién hizo enojar a mi Nana?

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