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Mi Marido Prestado romance Capítulo 663

En la imagen, una niña de no más de uno o dos años abrazaba a un peluche, sonriendo de oreja a oreja.

Se veía radiante y llena de luz.

Aunque esa niña despreocupada no se parecía en nada a la mujer cautelosa en la que Eleonor se había convertido, reconoció su propio rostro de inmediato, casi por puro instinto.

Era ella misma.

Era una foto suya antes de que sus padres la adoptaran.

Sintió un escalofrío en la espalda y tecleó con manos temblorosas: [¿Qué tanto sabes?]

Si ni siquiera ella entendía de dónde venía, ¿cómo era posible que Virginia estuviera enterada de todo?

A su lado, Benicio, que por el ángulo no alcanzaba a ver la pantalla de su celular, notó de inmediato que algo la había alterado.

Esta vez, sin embargo, prefirió no hacer más preguntas.

El coche recorrió las calles a toda prisa hasta llegar al Chalet El Roble Dorado. En cuanto se detuvo por completo, alguien abrió la puerta desde afuera.

Eleonor levantó la vista y se encontró con los ojos oscuros y profundos de Iker. De golpe, la ansiedad que sentía se calmó un poco.

—¿Ya terminaste de trabajar?

Pensaba que regresaría a casa hasta la tarde, por lo menos.

—Sí. Lo que me falta lo puedo revisar a distancia. —Iker la tomó de la mano para ayudarla a bajar.

Mientras hablaba, le echó una mirada de reojo al invitado inesperado.

Benicio, que sabía perfectamente por qué se ponía así, se rascó la nariz en un gesto casual.

—A estas alturas del partido, eso de hacer pagar a los hijos por los errores de los padres ya no se usa, ¿eh?

—Lo que tampoco se usa es llegar a gorronear a la hora de la comida —respondió Iker en un tono gélido.

—¡Ya déjalo en paz! —Susana apareció en el momento preciso y, con una sonrisa de oreja a oreja, saludó a Benicio—. No le hagas caso a este amargado. Ándale, pasa a comer.

Ella no estaba enterada de lo que había pasado, pero tenía algo muy claro: no podían arriesgarse a quedar mal con la familia biológica de Eleonor. Un solo malentendido y su adorada nieta podía hacer las maletas.

Luego, tomó la mano de la joven con cariño.

—¿Ya hace hambre, mi niña?

Eleonor asintió.

—La verdad sí, ya me rugen las tripas.

Una vez dentro de la casa, aprovechando que Eleonor había ido al baño a lavarse las manos, Benicio le hizo un gesto disimulado a Iker.

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