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Mi Marido Prestado romance Capítulo 665

Al escuchar eso, Leonardo tomó el celular para echarle un vistazo. Luego, lo arrojó con impaciencia sobre la mesa de centro; una mirada fría y despiadada asomó en sus ojos.

—¿Ustedes dos son idiotas, o el idiota soy yo?

Leonardo la miró con desprecio desde arriba.

—Aunque Eleonor quisiera ir, ¿creen que Iker y los de la familia Estrada son imbéciles? ¿Creen que la van a dejar ir sola a esa cita?

Leonardo estaba al tanto de que Eleonor había ido a Chalet La Brisa Marina ese día; sin embargo, Iker la tenía tan bien vigilada que no había encontrado ni la más mínima oportunidad para atacar.

Era evidente que, durante mucho tiempo, la familia Rodríguez mantendría la guardia en alto.

Por lo tanto, el plan de Amelia y Virginia no serviría de nada.

A Amelia se le hizo un nudo en el estómago.

—Entonces, ¿qué más puedo hacer?

No era como si pudiera infiltrarse personalmente en Chalet El Roble Dorado, drogar a Eleonor y secuestrarla ella misma.

Eso sería como entregarse en bandeja de plata.

—Como sea, mañana es tu fecha límite.

Leonardo esbozó una media sonrisa y habló con una calma inquietante:

—Si de verdad eres tan lista, haz que vaya sola a la cita. Si no, prepárate para refundirte en la cárcel.

Dicho esto, no esperó a que Amelia respondiera y dio media vuelta para irse.

El subordinado encargado de vigilar a Amelia se apresuró a abrirle la puerta con deferencia.

—Señor Leonardo —dijo con respeto.

—Bien —fue la única respuesta de Leonardo. Asintió levemente, miró de reojo hacia atrás y ordenó con voz severa—: Vigílenla de cerca. Cualquier movimiento que haga, repórtenmelo de inmediato.

—Entendido.

El hombre asintió y, en un gesto adulador, le abrió la puerta del coche.

—Vaya con cuidado, señor Leonardo.

Él no respondió. Se agachó para subir al auto y el elegante McLaren negro se alejó a toda velocidad.

De pronto, el celular que había arrojado en el asiento del copiloto comenzó a sonar.

Leonardo lo agarró sin soltar el acelerador. Al ver el identificador de llamadas, sus ojos se tornaron gélidos, pero al contestar, su tono fue completamente respetuoso:

—Padrino, justo iba en camino a verlo.

—No es necesario que vengas.

La voz de Oliver no dejaba adivinar su estado de ánimo.

—Solo ten claro una cosa: el cargamento de pasado mañana por la mañana no puede retrasarse por ningún motivo.

—Sí, lo tengo claro.

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