Eleonor lo había escuchado desde que se levantó de la silla.
Así que ya ni intentó fingir que estaba dormida; simplemente abrió los ojos y lo miró.
—¿Por qué de todo te das cuenta?
Iker no contestó de inmediato. Pasó una mano por detrás de su cabeza y con la otra le acomodó la almohada. Una vez que ella quedó sentada contra la cabecera, le pellizcó suavemente una mejilla.
—Porque a mí no se me escapa ni una sola cosa que tenga que ver contigo.
Al escucharlo, Eleonor estuvo a punto de soltar una carcajada.
En el pasado, ni loca se habría imaginado que ese hombre llegara a soltar frases como esas. Antes, cada palabra que le dirigía era un témpano de hielo.
Y ahora, en cambio, se le daba lo romántico como si fuera lo más normal del mundo.
Levantó la mano, entrelazó sus dedos con los cálidos de él y apretó los labios.
—Cuando venía para acá, Virginia me mandó mensaje.
—¿Qué quería esa loca? —Iker frunció el ceño y rápidamente unió las piezas del rompecabezas—. Te apuesto lo que quieras a que Amelia ya se contactó con ella.
Eleonor estaba totalmente de acuerdo con su teoría.
—Me dijo que conoce toda la verdad sobre quiénes son mis padres biológicos, y me citó para vernos mañana en la noche —soltó sin rodeos.
***
Por otro lado, en una casa a las afueras de la ciudad.
Amelia estaba que se la llevaba el diablo tras contestar la llamada de Virginia.
—¡¿Tantos días y esa es tu gran idea?!
Leonardo Molina solo le había dado un plazo de diez días.
El límite se cumplía al día siguiente.
¿Cómo no iba a estar al borde de un ataque de nervios?
Si algo le salía mal y Leonardo decidía botarla otra vez en la estación de policía, ya jamás lograría volver a salir. Tan solo con las pruebas que había en su contra, tenía más que suficiente para pudrirse tras las rejas.
Y si encima de todo a Simona se le ocurría soltar cualquier chisme para defender a Eleonor, de seguro no volvía a ver la luz del día.
Durante esos días, Virginia también había armado todo el rompecabezas de la situación. Soltó una risa sarcástica por el teléfono.
—A ver, ubícate. Tú eres la que me está rogando por ayuda. ¿Todavía te crees la princesa intocable de tu familia?
Eso sí, le tenía un odio tan enfermo a Eleonor que con gusto la habría visto muerta. Sobre todo ahora que había perdido a su bebé. A partir de ese momento, su rencor había tocado fondo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado