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Mi Marido Prestado romance Capítulo 682

Confiaba en ella.

Confiaba en que sabría priorizar su salud y respaldaba todas las decisiones que tomara.

La ligera inquietud que Eleonor sentía se esfumó al instante.

—¿De verdad?

Ella sabía a la perfección lo mucho que a él le importaba el bebé que venían esperando.

Por eso le sorprendía que hubiera aceptado con tanta facilidad.

—¿Pues qué esperabas? —Iker le pellizcó suavemente la mejilla blanca—. ¿Creías que te iba a tener encerrada en la casa hasta que naciera el niño, exigiéndote que dejaras de lado tu carrera y tus gustos?

—Nana, el bebé es importante, claro que sí. Pero que tú vivas tu vida con libertad, es mil veces más importante.

Él la miró directo a los ojos y enfatizó cada palabra:

—Y no te lo digo porque sea un hombre muy "comprensivo" o "tolerante", sino porque esa libertad te pertenece.

Libertad.

A Eleonor se le hizo un nudo en la garganta de golpe.

Eso era exactamente lo que ella había anhelado desde niña: poder ser libre.

Eleonor se quedó observando al hombre que tenía enfrente. La luz del sol parecía darle un toque especial, remarcando las facciones de su rostro profundo y varonil.

—Está bien. Me queda claro.

Iker, al ver su expresión tan solemne, se echó a reír.

—Vámonos, te acompaño a ver al maestro Osorio.

—¿No tienes que ir a la empresa hoy?

—No hace falta.

Iker la tomó de la mano para encaminarse a la entrada principal y, fingiendo un suspiro de resignación, le dijo en tono de burla:

—Tengo que aprovechar el tiempo al máximo. Si la famosísima doctora Muñoz ya va a regresar a dar consultas, más me vale estar pegado a ella ahorita que puedo.

Eleonor le lanzó una mirada juguetona.

—Pues más te vale portarte bien, porque si a la doctora Muñoz no le convences, te va a cambiar por otro.

—Sus deseos son órdenes.

Entre bromas, subieron a la camioneta uno detrás del otro.

César, que estaba al volante, los observó por el retrovisor y, de repente, no pudo contener una sonrisa.

Iker lo vio de reojo.

—¿Y tú de qué te ríes?

—Pues, de la alegría... —César hizo una pausa para encontrar las palabras—. Verlo a usted y a la señorita platicando así, me hace sentir como si estuviéramos en los viejos tiempos.

—Como cuando usted iba a dejar y a recoger a la señorita a la escuela todos los días. Siempre había ese mismo buen ambiente.

Natalia la miró fulminantemente.

—¡Es que no hay casi comida! Si me hubieras dicho, habría ido a comprar lo que te gusta.

Últimamente, tanto ella como Álvaro habían estado comiendo puros caldos ligeros. Algo que definitivamente no llenaría a los jóvenes.

A Eleonor le daba lo mismo, y justo cuando iba a responder, Iker se le adelantó:

—No se apure, ahorita mando pedir algo a domicilio.

—Ustedes relájense y platiquen a gusto. Hoy me toca lucirme en la cocina y hacerles algo rico.

Álvaro, que había estado recostado en su mecedora en silencio, soltó una pequeña risa.

—Pues será gracias a esta escuincla, porque a ver cuándo en la vida alguien iba a tener el lujo de probar algo preparado por el gran jefe de los Rodríguez.

Era una broma, claro, pero tenía toda la razón.

Alma Rodríguez, desde el incidente anterior, había quedado completamente hundida. Sin que Iker moviera un dedo, el desprecio de los demás parientes terminó de aplastarla, dejándola en la ruina y sin la más mínima posibilidad de disputarle el poder.

Y si antes había un sector de la familia que simpatizaba con Alma Rodríguez, ahora todos le habían dado la espalda.

La posición de Iker al mando ya era tan sólida como una roca.

Iker soltó una risita.

—En el momento en que a usted y a Natalia se les antoje, me marcan y me pongo a cocinar, sin problema.

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