Al escuchar a Iker ceder tan fácilmente, Benicio sintió un inesperado nudo en el estómago.
Él...
¿Acaso Eleonor lo aceptaría como hermano?
Antes, cuando no podían reconocerla, toda la familia se moría de ganas de hacerlo. Ahora que finalmente tenían luz verde, los nervios lo estaban traicionando.
Benicio asintió.
—Pierde cuidado.
Sabía perfectamente que, si Eleonor había logrado sobrevivir y crecer a salvo, había sido gracias a la protección de Iker.
Ahora que los dos tenían una relación tan fuerte, si no fuera por la aparición repentina de la familia Estrada, seguramente Iker ya la habría llevado al registro civil a firmar los papeles.
Por pura lógica y decencia, la familia Estrada debía mantener informado a Iker y, de ser posible, contar con su aprobación en cada paso.
***
En el patio trasero, Eleonor estaba acurrucada en un columpio hablando por celular.
La voz de Nil Jiménez sonaba igual de amable que siempre:
—¿De verdad ya quieres volver a dar consultas en la clínica? Digo, aunque te sientas bien de salud, yo no puedo tomar esa decisión. El maestro tiene que darte permiso primero.
—Sí —Eleonor soltó una risita—. Precisamente por eso quería convencerte a ti primero, para que me sea más fácil lidiar con el maestro.
Su plan era que, en cuanto Nil le diera el visto bueno, iría a visitar a Natalia y, de paso, rogarle al maestro. Estaba segura de que, en cuanto él le checara el pulso, aceptaría de inmediato.
El maestro siempre había creído que una persona sana necesitaba mantenerse ocupada en algo.
Porque, si no, con el tiempo uno se iba marchitando poco a poco.
Y él sería el último en querer verla así.
Nil, que la conocía bastante bien, comentó:
—Por lo visto, ya sientes que ganaste.
—¿A poco se me nota tanto? —preguntó ella sin negar nada, con tono juguetón—. Entonces, ¿ya me diste luz verde?
—¡Pues claro que quiero que vuelvas!
Fue entonces cuando Nil aprovechó para desahogarse:
Desde que curaron a Natalia del veneno, se le habían juntado tantos problemas que no había tenido tiempo ni de ir a ver cómo seguía.
Iker preguntó:
—¿Vas a visitar a Natalia?
—Sí, pero no solo a eso.
Eleonor apoyó la punta del pie en el pasto para frenar el columpio, echó la cabeza hacia atrás y miró al hombre a sus espaldas:
—Quiero volver a dar consultas en la clínica, así que tengo que ir a platicarlo con el maestro primero.
En cuanto soltó esas palabras, sintió que algo no cuadraba.
Quizá llevaba demasiados años acostumbrada a ser independiente, porque ni por un segundo le había pasado por la cabeza que, con la relación que tenían ahora, también debía consultarlo con Iker.
Se levantó despacio, buscando alguna reacción de molestia en el rostro de él.
—A ver, no es que no te lo quiera comentar a ti...
—¿Comentarme qué? —Iker esbozó una ligera sonrisa y le respondió con un tono profundo y sumamente suave—. Es tu carrera profesional. Las decisiones que tomes sobre eso son completamente tuyas, y yo te voy a apoyar sin pensarlo.

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