La madre de Cristhian era la única hija de la familia Montiel en San Boreal.
La razón por la que terminó casándose en segundas nupcias con el patriarca de los Fonseca fue simple: desde pequeña, sus padres la habían consentido tanto que se convirtió en una romántica empedernida.
Rechazó a hombres en San Boreal con un estatus mucho más adecuado, empeñada ciegamente en ser la madrastra de Owen.
Al principio, los señores Montiel se opusieron con firmeza, pero al ser su única y adorada hija, terminaron cediendo y mimándola en su capricho.
Si Cristhian no había conseguido el puesto de heredero de la familia Fonseca, era en parte por el matrimonio estratégico entre Owen y Simona, y, en gran medida, porque a él nunca le interesó realmente.
Si se tratara de cualquier otro asunto, el apoyo de Cristhian habría sido vital.
Pero en un divorcio...
Simona soltó una pequeña risa.
—Te lo agradezco.
Aunque no necesitaba su ayuda, la sinceridad en ese mundo de apariencias era un lujo raro.
Esa sutil risa llegó a los oídos de Cristhian, a cientos de kilómetros en Aguamar, y le transmitió cierta melancolía.
Cristhian pensó que ella estaba triste por el divorcio y frunció el ceño ligeramente.
—Simona, Owen no te merece. Tú vales mucho más y mereces a un hombre mucho mejor.
Quizás por su juventud o su entusiasmo genuino, Simona volvió a sonreír.
—Tienes toda la razón.
Owen no habría conseguido ni siquiera el título de heredero sin la ayuda de ella. ¿Qué derecho tenía a creerse su igual?
Esta vez, Cristhian escuchó una risa auténtica, cargada del orgullo natural de Simona.
Sus ojos oscuros y brillantes sonrieron también.
—Por cierto, ¿cuándo regresas a Aguamar? Quiero invitarte a...
—Perdona, me está entrando otra llamada. Tengo que colgar.
Simona miró la pantalla de su celular, sin prestar mucha atención a lo que le estaba diciendo.
—Si necesitas algo, mándame un mensaje por WhatsApp, te respondo al rato.
—Está bien —respondió Cristhian rápidamente, aunque las comisuras de sus ojos se arquearon con cierta decepción.

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