Benicio soltó una carcajada sarcástica.
—No tenía nada que hacer, así que me puse a revisar las cámaras de seguridad.
Resultaba hasta cómico; de toda la familia Estrada, él era el único obsesionado con tener acceso a las cámaras de la casa vinculadas a su celular.
Su excusa oficial siempre era la misma: quería asegurarse de que si Zoe volvía de visita, nadie olvidara avisarle a tiempo.
Pero ese día en particular, Simona no estaba en casa, por lo que no se enteró de su pequeña manía.
Al escuchar la explicación, el rostro de Simona se relajó un poco.
—Si a mí no me conviene involucrarme, a ti menos. No les des motivos para que empiecen a inventar que abusamos de nuestro poder.
La reputación que Benicio se había forjado a lo largo de los años era perfecta para que los chismosos inventaran cualquier historia.
A Benicio no pareció importarle.
—Yo siempre he sido...
—¿Tú siempre has sido qué?
Simona lo interrumpió con un tono calmado pero firme.
—Beni, cada palabra y acción tuya representa al Grupo Estrada. Ya no puedes comportarte como lo hacías antes.
—Sí, ya sé.
Benicio respondió sin mucho entusiasmo y añadió con pereza:
—Tienen el descaro de venir a provocar a mi hermana hasta la puerta de su casa y no me dejas darles una lección. Ser vicepresidente del Grupo Estrada a veces es de lo más aburrido.
—Cuando te cases con la mujer que amas, le encontrarás el sentido.
Simona aprovechó para burlarse un poco de él.
—Bueno, me voy a bañar. Y recuerda: piénsalo dos veces antes de actuar.
Antes de que Benicio pudiera responder, Simona colgó.
Se dejó caer en la enorme silla de su oficina, miró la montaña de documentos que tenía pendientes y decidió ignorarlos por un momento. Marcó una videollamada para molestar a Rufino, que estaba muy lejos.
Esa misma mañana, Rufino había viajado a Europa por negocios.
Simona salió del baño vistiendo únicamente una bata blanca de algodón.
Se deslizó con sus pantuflas hasta la ventana, desde donde podía ver la luz cálida que iluminaba el jardín delantero.
Bastaba con salir al balcón y mirar hacia abajo para saber si Petra seguía allí o si por fin se había largado.
Sin embargo, ni siquiera hizo el amago de abrir la puerta de cristal.
Hacía demasiado frío afuera.
Y, francamente, lo que hiciera esa mujer le tenía sin cuidado.
Tal vez Petra creía que, al no tener nada que perder, podría forzar a Simona a salir y confrontarla por pura presión, pensando que la familia Estrada haría lo que fuera por proteger su imagen.

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