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Mi Marido Prestado romance Capítulo 718

¿Petra?

Simona preguntó casi por instinto, y al ver que la empleada asentía, frunció el ceño con fastidio.

—Dile que no tengo tiempo para recibirla.

No tenía ninguna obligación de lidiar con los desastres de Owen, ni mucho menos con los de la familia Fonseca.

Terminar su cena en paz era mucho más importante.

Al notar su reacción, y asegurándose de que la empleada estuviera lo suficientemente lejos, Yolanda preguntó:

—¿Es la secretaria de Owen?

—Sí —Simona no tenía motivos para ocultarle nada a su madre—. Le conté al abuelo todo lo que pasa entre él y su secretaria.

Contárselo al abuelo era lo mismo que contárselo a los ancianos de la familia Fonseca.

Con Owen arruinando un matrimonio tan ventajoso como el suyo, era obvio que los patriarcas de los Fonseca no se quedarían de brazos cruzados.

Y la primera en pagar los platos rotos sería Petra.

Lo que Simona no esperaba era que la mujer tuviera el descaro de ir a buscarla hasta ahí.

Yolanda frunció el ceño, claramente molesta.

—Si esa secretaria tiene el descaro de venir a buscarte en un momento como este, es evidente que no tiene dos dedos de frente. Hiciste bien en no salir a verla. Tú concéntrate en tu cena.

Mientras hablaba, le sirvió un poco más de comida a Simona en su plato.

Las dos mujeres apenas cruzaron un par de frases más cuando la empleada regresó apresuradamente, luciendo muy incómoda.

—Señorita... esa muchacha, Petra... está arrodillada suplicando en la puerta principal. Dijo que la va a esperar y que, sin importar cuánto tarde, se quedará ahí hasta que usted termine y pueda recibirla.

—Ve y tráeme el celular.

Yolanda señaló hacia la sala de estar con el rostro ensombrecido por la furia.

—¡Si quiere arrodillarse, que vaya a hacerlo a la mansión de los Fonseca! ¡¿Qué se cree, viniendo a dar lástima frente a nuestra casa?! ¡¿Acaso alguien aquí le ha hecho algo malo?!

La empleada estaba a punto de salir corriendo hacia la sala de estar.

Simona levantó la mano para detenerla y, con una calma inquebrantable, intentó tranquilizar a Yolanda.

—La que está arrodillada allá afuera es ella. ¿Por qué te alteras tú?

Luego se dirigió a la empleada.

—Ve a la parte de atrás y dile a Amanda que venga un momento.

El Chalet La Brisa Marina estaba diseñado con dos edificios separados. Aunque la estructura trasera era un poco más pequeña, el espacio era más que suficiente.

Amanda entró por el jardín delantero, con la confusión marcada en el rostro.

—No es que sea inocente, mamá. Simplemente confía ciegamente en nosotros.

Simona sabía perfectamente de lo que hablaba.

Su hermana, a fin de cuentas, era la investigadora principal a cargo de una medicina revolucionaria contra el cáncer.

Si Zoe de verdad fuera tan ingenua, jamás habría sobrevivido en la familia Rodríguez, ni mucho menos habría aprendido habilidades médicas tan excepcionales bajo las narices de la propia Alma Rodríguez.

Después de la cena, Simona notó el cansancio en el rostro de Yolanda y decidió acompañarla arriba.

Gracias al tratamiento médico y la rehabilitación de los últimos meses, las piernas de Yolanda habían recuperado mucha movilidad.

Una vez en el segundo piso, ya no necesitaba la silla de ruedas. Le bastaba apoyarse en su bastón para caminar sola desde el elevador hasta su recámara.

Aunque el esfuerzo aún era evidente, verla caminar les daba un enorme alivio a todos en la familia Estrada.

Apenas entró a su habitación, el celular de Simona sonó. Era su hermano Benicio.

—Simona, sé que no es conveniente que tú te involucres. ¿Quieres que vaya para allá y me encargue del asunto?

Aunque no lo mencionó directamente, ambos sabían de qué estaba hablando.

Simona frunció el ceño.

—¿Quién te contó?

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