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Mi Marido Prestado romance Capítulo 72

Iker curvó los labios con una mueca.

—¿Si te digo que no puedes, entonces ya no vas a entrar al proyecto?

Eleonor no supo cómo interpretar sus palabras. Sin embargo, quería integrarse al proyecto y no le convenía pelear con él.

—Este proyecto está a tu nombre, por supuesto que voy a respetar tu decisión.

Desde que se casó con Fabián, la distancia entre ellos se había vuelto tan grande que ni siquiera parecían conocidos.

El silencio se apoderó del ambiente por un instante. Iker dejó escapar una risa cargada de sarcasmo, sus ojos se volvieron tan impasibles que parecían hielo.

—Entonces mejor ni vengas.

Apenas terminó de hablar, empujó la puerta del carro y, con paso largo y decidido, se alejó.

Eleonor se quedó pasmada. No entendía qué había dicho para que Iker cambiara de actitud tan de repente.

—¡Pues si no quiere que vaya, no voy! —pensó, aunque una chispa de inconformidad le ardía en el pecho.

Esa noche, mientras intentaba dormir, su inconformidad terminó por colarse en sus sueños. En el sueño, se veía a sí misma suplicándole a Iker.

—Iker, si no me dejas ir, ya no te voy a hablar nunca más.

Iker la miraba de perfil, sus ojos largos y oscuros llenos de burla.

—¿Cómo me llamaste hace rato?

—Me equivoqué, Ike...

De pronto, Eleonor despertó de golpe, sentándose en la cama con el corazón acelerado. Miró la oscuridad del techo durante un buen rato, sintiendo el pecho subir y bajar con fuerza.

Le costó recuperar la calma. Se recordó que entre ellos ya no existía nada, que hacía mucho habían dejado de tener ese tipo de relación infantil de antes.

Encendió la luz, fue hasta la sala y rebuscó en su bolso hasta encontrar el amuleto de protección. De regreso a la habitación, justo cuando iba a ponerlo debajo de la almohada, se quedó mirando el amuleto con el ceño fruncido.

Ese amuleto… algo tenía de diferente con respecto al que recordaba. No sabía qué, pero no era igual.

...

Al volver a trabajar al consultorio, Virginia se había convertido en la envidia de todas sus compañeras.

Incluso a la hora de la comida en el comedor, varias chicas jóvenes se agolpaban a su alrededor. Cuando Eleonor pasó con su charola de comida, una de ellas le sonrió y le palmeó el asiento vacío a su lado.

—Ellie, siéntate aquí con nosotras.

—Gracias.

Eleonor aceptó, se sentó en silencio y se puso a comer, sin meterse en la conversación.

Virginia, con una sonrisa amable, sacó una caja de cerezas importadas y la puso frente a las chicas.

—Estas las trajeron hoy de fuera del país. ¿Quién quiere ir a lavarlas? Así las repartimos entre todas.

—¡Súper! ¡No nos vayas a dejar fuera!

—Doctora Muñoz.

Virginia volteó a ver a Eleonor, con la cara llena de alegría.

—De verdad tienes que venir.

Eleonor, tranquila, tomó una servilleta y limpió su boca. Su mirada, serena pero cortante, se posó un instante sobre Virginia.

—Mira que justo a mediodía se te da bien andar soñando despierta.

Sin decir más, recogió su charola y se fue.

Virginia no podía creer la desfachatez de Eleonor; después de lo evidente que había sido al dejarle claro que el lugar de señora Valdés era suyo, la otra seguía sin soltar el asiento.

¡Y todavía tenía el descaro de soltarle un comentario así delante de todos!

Virginia respiró hondo para contenerse, hasta que una de las chicas le habló en voz baja.

—Virginia, no te lo tomes personal. Ellie acaba de divorciarse, a lo mejor no le gusta escuchar esas cosas.

Virginia abrió los ojos como platos.

—¿Divorciada?

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