¿Además de Eleonor, hay otras chicas a su alrededor?
La figura alta de Fabián se tensó por un instante. La alerta que llevaba en los huesos lo hizo detenerse, sus ojos se oscurecieron, pero su tono seguía igual de tranquilo.
—¿Tu apodo, ya se te olvidó?
—¿Eh?
Virginia dudó un momento. El pánico cruzó por su mirada, pero enseguida se obligó a recuperar la calma y respondió:
—No lo he olvidado, es solo que hace mucho que nadie me llama así, no lo reconocí de inmediato.
—¿De verdad?
—Claro que sí.
El corazón le latía con fuerza, y los ojos se le humedecieron poco a poco.
—Después de que mis papás murieron, ¿quién más me iba a llamar así...? Fabián, han pasado veinte años... Que se me olvide, es normal, ¿no crees?
En un parpadeo, las lágrimas le rodaron por las mejillas.
—¿Acaso dudas de mí por eso?
—¿Cómo crees? No te hagas ideas.
Fabián ocultó sus sospechas y le limpió las lágrimas con delicadeza, mostrándose atento.
—Ya es tarde, ve a tranquilizar a Angelito y ayúdalo a dormir.
Al ver que él volvía a su semblante habitual, Virginia suspiró aliviada.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Tengo que terminar unos pendientes del trabajo. En cuanto acabe, me voy a dormir.
Fabián guardó el colgante de la paz en la bolsa de su pantalón.
—Hace rato, sin querer, le rompí el broche. Mañana le voy a pedir a Adrián que lo lleve a la joyería para que lo arreglen. Cuando esté listo, te lo regreso.
Dicho esto, tomó la charola de fruta que Virginia le ofrecía y regresó a su despacho.
Casi al mismo tiempo que cerró la puerta, marcó un número en el celular.
Su rostro, antes sereno, perdió toda expresión. Su voz sonó seca, como si el hielo hubiera tocado su garganta.
—Adrián, ve tú mismo con el equipo a Aguamar. Quiero que revisen a fondo todo sobre el origen de Virginia.
—No se les pase ni un solo detalle.
—Entendido.
Adrián respondió sin dudar, pero no pudo evitar preguntar:
—¿Por qué después de tantos años quieres investigar de nuevo? ¿Hay algo raro?
—No estoy seguro. Solo encárgate de eso.
Ojalá, pensó Fabián, todo fuera solo una mala corazonada.
...
La última frase que Fabián dijo por teléfono también la escuchó Florencia, que estaba cerca.
Se le frunció el ceño y no pudo evitar sentirse indignada. Jamás se imaginó que Fabián, con lo caballeroso que parecía, pudiera actuar tan descaradamente.
Era el proyecto de salud más importante del gobierno en los próximos tres años.
Si lograba el éxito, tal vez...
Por fin podría ser libre.
Cuando llegaron, el resto del equipo de investigación ya los esperaba en la sala de juntas.
En ese mundo de laboratorios no había espacio para palabras vacías.
La verdadera comunicación ocurría durante el proceso de investigación. Como apenas comenzaban, no había mucho que platicar. Solo se presentaron rápidamente, y luego alguien acompañó a Eleonor y Nil para que conocieran el laboratorio.
En el grupo de plantas medicinales, además de Eleonor y Nil, había tres hombres de entre treinta y cuarenta años.
—Qué cosa, pasar de los treinta y casi llegar a los cuarenta para acabar de asistentes de una chava de veintitantos.
—¿A poco te molesta?
—Claro que sí, ¿y a ti?
—A mí también.
Ellos cuchicheaban en una esquina del laboratorio, lanzando comentarios para incomodar a Eleonor.
—¿Pero qué se le va a hacer? Seguro tiene palancas. Hoy en día es más fácil que una mujer suba que un hombre, ¿no?
Nil se puso seria, lista para reclamarles.
Pero Eleonor la detuvo con un gesto y, sin darle importancia, dijo:
—Nil, la única manera de callarles la boca es con lo que yo misma logre descubrir aquí.

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