—Señorita Muñoz...
Justo cuando Eleonor se sentía incómoda, Alejandra apareció frente a ella y, como si fueran viejas amigas, le tomó la mano con confianza.
—¿Te acuerdas de mí, verdad?
Eleonor asintió.
—Claro que sí.
Era la secretaria de Iker.
Para los demás, podía resultar extraño. Nadie se imaginaba a Iker, con su carácter tan distante y reservado, mezclando lo personal con lo laboral, mucho menos saliendo con alguien del trabajo. Pero Eleonor sabía bien que su hermano era así: caprichoso hasta el extremo. Cuando le daba por consentir a alguien, no solo lo mantenía cerca, hasta sería capaz de trabajar para esa persona si se lo proponía. Tenía el talento de mimar a alguien hasta perder el control... Y luego, dejarlo caer sin piedad.
Alejandra mantenía un tono cordial y amigable.
—Desde hace tiempo había escuchado que el señor Rodríguez tenía una hermana. No imaginé que fueras tú.
—Eh...
Eleonor no encontraba qué decir.
—Yo tampoco me lo esperaba.
Su voz salió bajita, casi como un suspiro. Alejandra no alcanzó a oír y le preguntó con una sonrisa:
—¿Qué dijiste?
—Nada.
Eleonor podía percibir que Alejandra de verdad quería llevarse bien con ella. Antes, cuando Iker no la había dejado de lado, siempre había chicas queriendo ganarse su favor. Después de todo, ella era la hermana de Iker, y acercarse a ella era la forma más rápida de llegar a él. Pero ahora, la relación entre ella e Iker era más tensa que la de unos simples desconocidos, así que Alejandra no tenía por qué buscar agradarle.
Quizá, notando su distancia, Alejandra solo sonrió y no insistió más.
...
Cuando terminó la fiesta de cumpleaños, Eleonor estaba a punto de irse, pero Renata la detuvo para ayudar a despedir a los invitados. Una vez que terminó, ese carro negro tan familiar ya se había esfumado.
El mayordomo se acercó, algo incómodo.
—La señora comió algo que le causó alergia, así que el señor la llevó al hospital.
—Ya veo.
Eleonor rechazó la propuesta del mayordomo de conseguirle transporte. Prefirió irse por su cuenta. Mejor eso que tener que buscar una excusa a mitad de camino para volver a Avenida del Progreso; así que decidió pedir un carro desde el principio.
...
—¿Ellie?
Apenas salió de la zona de las casas y llegó a la avenida, una camioneta Bentley se detuvo a su lado. La ventanilla trasera bajó y Alejandra frunció el ceño al verla.
—Perdón, si prefieres que no...
—No pasa nada, llámame como quieras.
Solo Iker nunca la llamaría así.
Alejandra se relajó y, sentada atrás, le echó una mirada a Iker, que seguía sin abrir los ojos ni mostrar reacción alguna. De repente, le pareció que sí, que esos dos eran hermanos. Los dos tan reservados. No podía decir en qué se parecían, pero transmitían la misma sensación.
El resto del camino transcurrió en un silencio incómodo.
Para Eleonor, cada minuto se sentía eterno; hasta el ritmo de su respiración parecía forzado. No podía dejar de repasar en su cabeza por qué no reaccionó más rápido cuando Alejandra la subió al carro.
Cuando por fin divisó los edificios de Jardines de Esmeralda, lo único que quería era pedirle a Joaquín que pisara el acelerador.
Justo entonces, todas las luces de freno de los carros de adelante se encendieron.
Atascados en pleno tráfico, a esas horas.
En ese momento, la voz de Iker rompió el silencio desde el asiento de atrás, indescifrable:
—¿Y qué, las bebidas de la fiesta venían envenenadas o qué?
Su tono, grave y envolvente, era el más agradable que Eleonor había escuchado nunca: profundo, casi perezoso, con esa mezcla de desdén que solo él podía lograr.

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