El sedante del doctor se disolvió en mi torrente sanguíneo, llevándome a un abismo de inconsciencia. Dormí por un largo tiempo, pero el descanso, en lugar de ser reparador, se sintió como una tregua temporal. Cuando desperté, un silencio pesado me rodeaba. La luz que se filtraba por la ventana me indicaba que el sol ya estaba alto. Mi mente, lentamente, comenzó a reconstruir los fragmentos de la noche anterior: el rostro desfigurado de Alan, sus gritos de rabia, la mano firme de Alexander King, el frío y el dolor de caer. Todo me golpeó como una ola, recordándome que Tommy ya no estaba.
Me levanté con una pesadez en el cuerpo y en el alma. Salí de la habitación, caminando descalza por el pasillo de la suite del hospital, hasta que llegué a la puerta de la habitación de Max. Me asomé y lo vi. Estaba dormido, frágil, conectado a los monitores que vigilaban cada latido de su corazón y el funcionamiento de su nuevo riñón. Entré en silencio, me acerqué a la cama y tomé su mano, sintiendo la calidez de su piel.
—Aquí está un pedacito de ti, mi amor... —susurré, con la voz ahogada—. Parte de ti sigue viviendo en Max. Te extraño tanto, Tommy, me haces mucha falta, cariño.
Las lágrimas cayeron por mi rostro, silenciosas y amargas. De repente, Max abrió los ojos. Me miró, y en su mirada había una ternura que me desarmó por completo. Me sonrió débilmente.
—No llores. Las señoras bonitas como tú siempre deben sonreír.
Me sequé las lágrimas con la manga de la chaqueta.
—Hola, Max. Qué bueno que ya te despertaste. ¿Cómo te sientes?
—Me duele un poco... —admitió, su voz era apenas un murmullo—. Sabes, vi a un niño en mis sueños. Me dijo que él siempre estaría conmigo, que me cuidaría desde el cielo. Y me pidió que cuidara a su mamita.
Una oleada de emociones me invadió. La tristeza se apoderó de mí, pero también una inmensa alegría. Mi hijo era un ángel, tan bueno y generoso. Él me había enviado un mensaje, y lo había hecho a través de Max. Saqué una fotografía de mi chaqueta, la única que tenía de Tommy, y se la mostré.
—Es él, ¿verdad? ¿Es el niño al que viste en tus sueños? —le pregunté, con lágrimas en los ojos.
Max asintió, su sonrisa era genuina.
—Sí... ¿Tú lo conoces?
—Él era mi hijo —respondí, sintiendo cómo el corazón se me rompía y se llenaba de orgullo al mismo tiempo.
Justo en ese momento, la voz de Alexander King interrumpió el silencio. Se había quedado en la puerta, observando la escena sin que nos diéramos cuenta. Pero al escuchar que yo le hablaba a Max de Tommy, decidió intervenir.
—Campeón, ya te despertaste. ¿Cómo estás? —preguntó, con una voz que mostraba una mezcla de preocupación y molestia.


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