El dolor de cabeza sordo y un peso abrumador en el pecho fueron lo primero que sentí al despertar. La luz que se filtraba por las cortinas de seda era suave, pero aun así me molestaba. Me incorporé con lentitud, parpadeando para que mis ojos se acostumbraran a la claridad de la habitación.
Estaba en un cuarto de ensueño. Las paredes de color crema, los muebles de madera noble, la cama con dosel que me envolvía en un confort que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. No había nada familiar en el lugar. El pánico comenzó a crecer en mi interior, pero el recuerdo fugaz de los brazos fuertes de Alexander y su voz tranquilizadora de la noche anterior lo calmó un poco.
Estaba a punto de levantarme cuando la puerta se abrió de golpe y una pequeña ráfaga de energía y ruido entró en la habitación. Un niño, el pequeño Max, corrió hacia la cama y se lanzó sobre mí, abrazándome con una fuerza que me hizo jadear.
—¡Señora bonita! ¡Viniste! —dijo con la voz ronca pero llena de emoción—. ¡Ahora vas a vivir aquí con nosotros!
Mi corazón se encogió por la ternura, y le devolví el abrazo.
—Max, me alegra mucho ver que te encuentras mucho mejor —dije con suavidad—. Pero no, cariño, solo soy una invitada.
Los ojos de Max se llenaron de tristeza, y el dolor de ver su rostro desilusionado me recordó a mi propio Tommy. Las lágrimas me llenaron los ojos, y mi garganta se cerró en un nudo. Abrazé al niño con más fuerza.
—No llores —dijo Max, separándose para mirarme a los ojos—. Mi amigo se va a poner muy triste si sabe que te he dejado llorar.
Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.
—Tienes razón, mi amor, no lloraré más. —acaricié la mejilla de Max con el pulgar—. ¿Has vuelto a ver a Tommy en tus sueños?
—Sí. —el niño asintió con fervor—. Él fue el que me dijo que estabas aquí. ¿Sabes? Los dos queremos que te quedes en esta casa.
La voz profunda de Alexander llenó la habitación. Estaba parado en el umbral de la puerta, la mirada clavada en mí. Había escuchado toda la conversación.
—Max, no debiste levantarte. El doctor te dijo que debías guardar reposo, hijo.
—Estoy cansado de estar en la cama, Papi. Además, quería saludar a la señora bonita.
Una sonrisa casi imperceptible se asomó en los labios de Alexander.
—Se llama Aurora, campeón.
—Él puede llamarme como quiera —dije con amabilidad, la voz aún un poco quebrada.
Alexander se acercó, su olor a tierra y a pino llenando el espacio.
—Ven, pequeño. Voy a llevarte nuevamente a tu cuarto.
—No, quiero quedarme con ella, por favor, papá. —pidió Max, aferrándose a mi brazo.


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