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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 25

Alan entró en pánico, lo noté en su rostro desencajado, en la forma en que sus ojos se abrían con un terror que no era capaz de disimular. Los hombres que habían irrumpido en la casa se acercaban peligrosamente hacia él, y, aunque intentaba mostrarse desafiante, sus manos temblaban. Me soltó de golpe, pero antes de hacerlo me lanzó una mirada que parecía una sentencia, una advertencia de lo que me esperaba. Yo, en cambio, sonreí con un aire triunfante. Había saboreado mi primera victoria.

Los guardias lo sometieron con facilidad, dejándolo en ridículo. Alan forcejeaba inútilmente, y su voz sonaba cargada de furia y de miedo.

—¿Quién los mandó? ¡Díganme cuánto les pagaron y yo les daré el doble!

El jefe de seguridad, un hombre corpulento y de mirada dura, lo miró con desprecio.

—Ni todo el dinero del mundo podría igualar las condiciones de trabajo de nuestro jefe. Un hombre como usted no le llega ni a los talones.

—¡Imbécil! —escupió Alan, rojo de rabia—. Te atreves a hablarme así sólo porque me agarraron con la guardia baja. ¿Acaso sabes con quién te estás metiendo?

—Lo sé perfectamente. Mi jefe nunca da un paso en falso, y mucho menos cuando alguien que le importa está de por medio.

Alan lanzó una risa amarga.

—¿Qué clase de hombre es tu jefe, que se mete con mujeres ajenas?

Me adelanté con desdén, clavando mis ojos en los suyos.

— Él no se está metiendo con ninguna mujer ajena. Yo no tengo ningún compromiso, nunca lo tuve en realidad. Estos años contigo fueron sólo una farsa.

—Aurora, cállate o te juro que…

El jefe de seguridad lo interrumpió con firmeza.

—No se atreva a amenazarla. Debería darle vergüenza haberla golpeado. Pero claro, ¿qué se puede esperar de alguien como usted?

Alan intentó soltarle un puñetazo, pero el guardaespaldas fue más rápido. El golpe le partió el labio al instante. Alan se llevó la mano a la boca, experimentando un dolor insoportable.

—Muy fácil golpear a una mujer, ¿verdad? —lo increpó el jefe de seguridad—. Muy fácil mostrarse superior cuando se tiene fuerza y tamaño desigual.

Me estremecí al escuchar la siguiente orden.

—Las órdenes son devolverle golpe por golpe por los que usted le dio a la señorita. ¿Dónde fue el primero?,, En el rostro, claro.

El segundo puñetazo resonó brutal. Alan gritó de dolor, tratando de defenderse, pero los demás guardias lo mantuvieron inmovilizado.

—¡Cobardes! —vociferaba—. Me superan en número y por eso se aprovechan.

—No, claro que no, Alan Harris —replicó el jefe, sereno, casi con sorna—. Cualquiera de nosotros podría hacerte pedazos si quisiera. Lo único que hacemos es mostrarte lo poco hombre que eres. A una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa.

Otro golpe lo hizo tambalearse.

—Esto es de parte del jefe —dijo uno de los hombres.

—Y este otro va por mi cuenta. Muchachos, es todo suyo.

Los guardias se turnaron para golpearlo, descargando contra él la impotencia que yo había sentido tantas veces. El jefe de seguridad me miró.

—Señorita Aurora, siéntase libre de hacerle lo que quiera. Ahora este tipo no podrá tocarla.

Lo observé con el rostro ensangrentado, reducido a lo que realmente era: un cobarde.

—Cómo me alegra verte sufrir al menos un poco de todo lo que me hiciste padecer, perro inmundo. Pero quiero que sepas que esto apenas empieza. Te falta mucho por pagar por haber asesinado al único ser que me importaba en este mundo.

Cada golpe era una humillación más fuerte que la anterior. Yo me alejé con paso firme, seguida de algunos de los guardias, mientras los otros se divertían torturando a Alan.

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