Cuando abrí los ojos luego de un breve descanso, no podía quitarme de la mente la última imagen de Alan: tirado en el suelo, humillado, desangrándose. Sabía que no se quedaría de brazos cruzados, que su odio crecería hasta desbordarse.
Alan, con el rostro desfigurado y el cuerpo machacado, logró arrastrarse hasta alcanzar su teléfono.
—Karoline… ven a buscarme —le dijo con voz apagada, casi irreconocible—. Y trae un médico.
—¡Cariño! —contestó ella con ese chillido insoportable—. Pero por Dios, ¿qué te pasó?
—No hagas preguntas estúpidas, haz lo que te digo —gruñó él, con las pocas fuerzas que le quedaban.
Karoline frunció el gesto, harta del tono con que Alan la trataba últimamente. Pero dependía de él, y lo sabía. Desde que su ex esposo la había dejado prácticamente en la calle, sólo tenía a Alan como tabla de salvación. Debía aguantar lo que fuera hasta lograr casarse con él, aunque en el pasado lo hubiera abandonado por un hombre más poderoso que terminó usándola como adorno y golpeándola hasta destrozar lo poco que le quedaba de dignidad.
Karoline salió disparada hacia su coche, marcando en el camino al doctor de la familia Harris. Ambos llegaron casi al mismo tiempo a la mansión. La escena los dejó helados: la puerta derribada, los hombres de seguridad gimiendo en el suelo y Alan bañado en sangre, con el rostro irreconocible.
—¡Mi amor, qué te han hecho! —lloriqueó Karoline, arrodillándose a su lado con un dramatismo exagerado.
Alan lanzó un grito de dolor al sentir su peso sobre él.
—¡Apártate, Karoline! Doctor… envíe por personal suficiente, que atiendan también a mis hombres.
El médico se inclinó de inmediato.
—Señor Harris, es necesario llevarlo a un hospital.
—¡No! —bramó él—. He dicho que me atienda aquí. Nadie debe enterarse de esto.
—Pero, Alan… si fue un robo, un asalto… tienes que denunciarlo, no puedes dejarlo impune.
—¡He dicho que no! —su furia hizo temblar hasta a Karoline.
El doctor y las enfermeras empezaron su trabajo, limpiando heridas, suturando, controlando la hemorragia. Alan, mientras tanto, mascullaba entre dientes, con los ojos encendidos de odio:
—Tengo que saber quién te está protegiendo, Aurora. Voy a deshacerme de él, y tú volverás a mí. Entonces me vas a pagar cada segundo de esto…
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Mientras tanto, en la mansión King, yo descansaba en la habitación que Alexander me había asignado. Todavía sentía el ardor de los golpes en la piel, pero el cansancio era más fuerte que el dolor.
La puerta se abrió, y su figura llenó la estancia.
—¿Te sientes mejor? —preguntó con voz grave.
—Sí… lo estoy. Y quiero disculparme por mi actitud de hace rato. Te agradezco mucho lo que hiciste por mí.
Alexander me miró fijamente, con esa intensidad que nunca sabía cómo interpretar.
—Ahora eres parte de esta familia, Aurora. Y el hecho de que nuestro matrimonio sea un acuerdo de conveniencia no significa que voy a dejarte expuesta a ningún peligro.
No supe qué contestar. Mis labios se entreabrieron, pero él ya estaba acercándose con algo en la mano. Una cajita de terciopelo.
—A propósito de nuestro compromiso… quiero que lleves esto a partir de hoy.
Abrí la caja y el aire se me detuvo en los pulmones. Un anillo de diamantes, antiguo, hermoso, brillaba bajo la luz. No era el valor de la joya lo que me impresionaba, sino lo que representaba.
—Es el anillo de mi madre. También lo fue de mi abuela. Ha estado en mi familia por generaciones… y ahora quiero que lo lleves tú.
—Pero Alexander, no creo que eso sea correcto…
—Ya tomé la decisión. Serás mi esposa, y tú portarás este anillo.
Una idea cruzó por mi mente, inevitable.
—Tú estuviste casado antes. ¿No se lo diste a Victoria… o ella te lo regresó cuando se divorciaron?
—¡Claro que me alegra! Era lo que más deseaba en el mundo… y mi papá lo hizo realidad. Pero… ¿verdad que no volverás a irte? ¿Ahora sí te quedarás con nosotros al menos unos días?
—Max, ella se quedará para siempre —intervino Alexander con firmeza.
—¿Para siempre? —sus ojitos brillaron de ilusión.
—Pensábamos decírtelo después, pero no tiene caso esperar más, ¿verdad, Aurora? —me miró.
Yo asentí, tímida, sintiendo el corazón acelerarse.
—Tú querías tener una nueva mamá, ¿verdad? Pues ahora eso será posible, porque Aurora y yo vamos a casarnos.
—¡Lo sabía! ¡Voy a tener una nueva mamá! —gritó el niño, abrazándonos a los dos.
—Ya, hijo, tranquilo —dijo Alexander, acariciándole el cabello—. Recuerda que acabas de salir de una crisis, debes descansar.
—Está bien… pero antes… quiero que le des un beso a mi nueva mamita. Todos los papás de mis compañeros del colegio lo hacen.
Alexander se tensó. Yo lo noté. Habíamos acordado un matrimonio de conveniencia, sin afecto real… pero la inocencia del niño nos acorralaba.
Él se inclinó, me rozó la mejilla con los labios.
—¡No, papi! Así no. Un beso de verdad… como en las películas. Como hacen los novios que se aman.
Alexander me interrogó con los ojos. Sentí el calor subir a mi rostro. Dudé… y finalmente asentí, apenas un gesto imperceptible.
Él no dudó más. Tomó mi rostro entre sus manos, y sus labios se fundieron con los míos. Fue un beso ardiente, intenso, profundo, que me dejó sin aire. Sus manos firmes, su respiración acelerada, su sabor mezclado con el mío. Todo mi cuerpo temblaba.
El tiempo se detuvo. Ya no existían ni el acuerdo ni el peligro ni Alan. Sólo estábamos él y yo, perdidos en ese instante.

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