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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 26

Cuando abrí los ojos luego de un breve descanso, no podía quitarme de la mente la última imagen de Alan: tirado en el suelo, humillado, desangrándose. Sabía que no se quedaría de brazos cruzados, que su odio crecería hasta desbordarse.

Alan, con el rostro desfigurado y el cuerpo machacado, logró arrastrarse hasta alcanzar su teléfono.

—Karoline… ven a buscarme —le dijo con voz apagada, casi irreconocible—. Y trae un médico.

—¡Cariño! —contestó ella con ese chillido insoportable—. Pero por Dios, ¿qué te pasó?

—No hagas preguntas estúpidas, haz lo que te digo —gruñó él, con las pocas fuerzas que le quedaban.

Karoline frunció el gesto, harta del tono con que Alan la trataba últimamente. Pero dependía de él, y lo sabía. Desde que su ex esposo la había dejado prácticamente en la calle, sólo tenía a Alan como tabla de salvación. Debía aguantar lo que fuera hasta lograr casarse con él, aunque en el pasado lo hubiera abandonado por un hombre más poderoso que terminó usándola como adorno y golpeándola hasta destrozar lo poco que le quedaba de dignidad.

Karoline salió disparada hacia su coche, marcando en el camino al doctor de la familia Harris. Ambos llegaron casi al mismo tiempo a la mansión. La escena los dejó helados: la puerta derribada, los hombres de seguridad gimiendo en el suelo y Alan bañado en sangre, con el rostro irreconocible.

—¡Mi amor, qué te han hecho! —lloriqueó Karoline, arrodillándose a su lado con un dramatismo exagerado.

Alan lanzó un grito de dolor al sentir su peso sobre él.

—¡Apártate, Karoline! Doctor… envíe por personal suficiente, que atiendan también a mis hombres.

El médico se inclinó de inmediato.

—Señor Harris, es necesario llevarlo a un hospital.

—¡No! —bramó él—. He dicho que me atienda aquí. Nadie debe enterarse de esto.

—Pero, Alan… si fue un robo, un asalto… tienes que denunciarlo, no puedes dejarlo impune.

—¡He dicho que no! —su furia hizo temblar hasta a Karoline.

El doctor y las enfermeras empezaron su trabajo, limpiando heridas, suturando, controlando la hemorragia. Alan, mientras tanto, mascullaba entre dientes, con los ojos encendidos de odio:

—Tengo que saber quién te está protegiendo, Aurora. Voy a deshacerme de él, y tú volverás a mí. Entonces me vas a pagar cada segundo de esto…

Mientras tanto, en la mansión King, yo descansaba en la habitación que Alexander me había asignado. Todavía sentía el ardor de los golpes en la piel, pero el cansancio era más fuerte que el dolor.

La puerta se abrió, y su figura llenó la estancia.

—¿Te sientes mejor? —preguntó con voz grave.

—Sí… lo estoy. Y quiero disculparme por mi actitud de hace rato. Te agradezco mucho lo que hiciste por mí.

Alexander me miró fijamente, con esa intensidad que nunca sabía cómo interpretar.

—Ahora eres parte de esta familia, Aurora. Y el hecho de que nuestro matrimonio sea un acuerdo de conveniencia no significa que voy a dejarte expuesta a ningún peligro.

No supe qué contestar. Mis labios se entreabrieron, pero él ya estaba acercándose con algo en la mano. Una cajita de terciopelo.

—A propósito de nuestro compromiso… quiero que lleves esto a partir de hoy.

Abrí la caja y el aire se me detuvo en los pulmones. Un anillo de diamantes, antiguo, hermoso, brillaba bajo la luz. No era el valor de la joya lo que me impresionaba, sino lo que representaba.

—Es el anillo de mi madre. También lo fue de mi abuela. Ha estado en mi familia por generaciones… y ahora quiero que lo lleves tú.

—Pero Alexander, no creo que eso sea correcto…

—Ya tomé la decisión. Serás mi esposa, y tú portarás este anillo.

Una idea cruzó por mi mente, inevitable.

—Tú estuviste casado antes. ¿No se lo diste a Victoria… o ella te lo regresó cuando se divorciaron?

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