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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 27

Jamás pensé que un beso pudiera alterarme tanto.

Había sentido los labios de Alexander sobre los míos y, aunque debió ser sólo un acto para complacer a Max, todo mi cuerpo ardía todavía. No podía sacudirme esa sensación. El peso de sus manos firmes en mi rostro, el calor de su respiración, la intensidad en su mirada antes de acercarse. Era como si hubiese cruzado una frontera invisible de la que ya no podía regresar.

Esa noche apenas dormí. Di vueltas en la cama, tratando de convencerme de que no significaba nada, que sólo había sido una actuación frente a un niño. Pero la verdad me quemaba por dentro: había disfrutado de ese beso mucho más de lo que quería admitir.

Mientras tanto, Alan ardía de rabia en su propia mansión. Todavía con los vendajes en el rostro, recibió al investigador privado en su cuarto.

—Quiero un maldito nombre, quiero un puto rostro, quiero saber quién se atrevió a meterse conmigo —ordenó con voz ronca.

—Señor Harris, estamos indagando, pero las pistas llevan a un hombre muy poderoso…

—No me importa si es el presidente de este país —gruñó golpeando la mesa—.

Karoline apareció en ese momento, cruzando los brazos con gesto de fastidio.

—¿Otra vez Aurora? —preguntó, clavándole la mirada—. Alan, ¿te das cuenta de que estás obsesionado? Me tratas como un estorbo mientras mueves cielo y tierra por esa mujer.

Alan giró lentamente hacia ella, con una sonrisa torcida.

—No me gusta que intervengas en mis asuntos. ¿Quieres un consejo? No te pongas en ridículo como lo hacía ella. ¿Recuerdas lo patética que resultaba cuando intentaba llamar mi atención? No quisiera verte igual.

Karoline frunció el ceño, herida en lo más profundo.

—Sólo me preocupo por ti.

—Pues preocúpate por tu hija, ¿no acaba de ser operada? ¿Qué demonios haces aquí en lugar de estar con ella? —La voz de Alan fue un látigo—. Vuelve a tu casa, Karoline.

Ella salió furiosa, tragándose el orgullo. Pero mientras Alan dormitaba en su habitación, adormecido por los calmantes, Karoline encontró algo que la detuvo en seco: la urna metálica escondida en un rincón del armario.

Con el corazón latiéndole de prisa, la sostuvo en sus manos y grabó un corto video. Luego, desde su celular, redactó un correo con un único mensaje:

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