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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 29

El silencio en la mansión King me estaba asfixiando. No podía dejar de dar vueltas por la sala, mis manos estaban heladas, mi respiración entrecortada. Alexander intentaba tranquilizarme, pero mi mente no dejaba de repetirme una y otra vez que Karoline era capaz de cualquier cosa con tal de hacerme daño.

Mientras yo me debatía con mis pensamientos, en otro punto de la ciudad, Karoline estacionaba su lujoso automóvil frente a un almacén abandonado. descendió Dell coche con el ceño fruncido, sujetando con fuerza la urna contra su pecho, como si con ello pudiera proteger lo poco que le quedaba de poder. La entrada estaba custodiada por dos hombres corpulentos que la obligaron a seguirlos. El lugar olía a polvo y óxido, las paredes húmedas parecían haber presenciado demasiados secretos. Karoline trató de imponerse con esa altivez que siempre la acompañaba, pero sus ojos la delataban: estaba aterrada.

—Aquí está lo que vinieron a buscar —escupió con rabia contenida—. Pero no entregaré nada hasta que me demuestren que mi hija está bien.

El sujeto que la recibió arqueó una ceja y, con calma perturbadora, marcó un número en su teléfono. Al segundo intento alguien contestó desde la casa de Karoline.

—Pon a la enfermera —ordenó.

Una voz temblorosa atravesó la línea:

—Señora, todo está bien… la niña está a salvo.

Ese pequeño respiro le bastó a Karoline para soltar el aire que había estado conteniendo y, con manos temblorosas, entregó la urna.

—Aquí está… no la he tocado, lo juro. Las cenizas están intactas.

El hombre revisó el contenido, luego frunció los labios.

—Más te vale no haber jugado con nosotros.

Karoline tragó saliva, negando con la cabeza con desesperación.

Entonces, el sujeto volvió a marcar. Esta vez su tono fue aún más frío.

—Ya sabes lo que tienes que hacer.

Al escuchar esas palabras, el color desapareció del rostro de Karoline.

—¿Qué quieren decir con eso? ¡Ustedes me prometieron que si traía las cenizas no le harían daño a mi hija! —gritó, intentando recuperar la urna, pero fue empujada con violencia al suelo.

—Averígualo tú misma. Solo espero que no llegues tarde —se burló el hombre antes de marcharse con sus compañeros.

El eco de sus risas resonó en sus oídos mientras quedaba tirada entre la suciedad del almacén.

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