Karoline tomó a su hija en brazos. La niña no se movía, no reaccionaba. El pánico la envolvió por completo. Buscó desesperadamente alguna señal de vida y sintió un pequeño, casi imperceptible, soplo de aire. Aún así, el miedo se apoderó de ella, con la horrible sospecha de que yo en venganza por lo que le había hecho a Tommy, podría haber acabado con la vida de su hija. En ese instante, escuchó el sonido de las sirenas. La ambulancia llegó rápidamente, y sin pensarlo, subió con Tiffany en brazos. El miedo la consumía, y solo podía gritar:—¡Sálvenla, por favor, sálvenla!
En el camino hacia el hospital, Karoline llamó a Alan. Él contestó con fastidio, pero ella, gritando y con la voz entrecortada, le explicó la situación:—Vamos rumbo al hospital… alguien entró a mi casa y… ¡Tiffany!—No podía decirle lo que realmente había pasado, no podía confesar que tuvo que entregar las cenizas de Tommy. Eso significaría explicarle por qué las había robado en primer lugar. Desde el otro lado de la línea, Alan actuó de inmediato. En silencio, hizo lo que siempre hacía por ella: activó sus contactos. Karoline siempre había sido su debilidad, y sin importar el pasado, él preparó todo desde la distancia para que ella y su hija fueran recibidas por los mejores doctores y recibieran las mejores atenciones. Después de todo, sentía un lazo inexplicable y especial por Tiffany.
El teléfono vibró en mi mano, pero lo ignoré. Mi mirada estaba fija en Max, que corría alegremente hacia el carrusel de caballitos. Su risa era un eco de pura felicidad. A su lado, Alexander caminaba con una sonrisa suave, una que no le había visto antes. Esta era genuina, y hacía que sus ojos brillaran con una luz que hacía mucho no veía.
Alexander siempre había sido un enigma para mí. Se mantenía en su propia burbuja, su pasado de dolor como un muro que lo aislaba. Pero ese día, ese muro parecía resquebrajarse.
El día en el parque de diversiones fue mágico. Max, con su energía inagotable, nos guió de atracción en atracción. Nos subimos a la montaña rusa, y él gritaba de emoción mientras yo intentaba que mi corazón no se saliera de mi pecho. Alexander, a mi lado, se reía de mi pánico. Era la primera vez que lo veía tan relajado.
Cuando llegamos a la noria, Max me tomó de la mano y luego se acercó a su padre. Con la otra mano, tomó la de Alexander y nos unió.
—¡Así! —dijo con la seguridad de un adulto—. Para que no se pierdan.
Alexander y yo compartimos una mirada. Su mano, cálida y firme, se sentía sorprendentemente bien en la mía. Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí una conexión que iba más allá del acuerdo de conveniencia. Era como si mi alma reconociera algo en él, una calma que no sabía que necesitaba. Alexander sintió lo mismo. Lo vi en la forma en que sus ojos se suavizaron, en el brillo especial que se reflejó en ellos y en la paz en su rostro, la misma paz que yo sentía.
Una voz en mi interior me decía que lo que estaba sucediendo era un regalo, la oportunidad de tener la familia que siempre quise. Sin embargo, en el fondo, una pequeña parte de mí dudaba. ¿Cuánto duraría este momento? ¿Qué pasaría cuando el trato terminara? La idea de un matrimonio de conveniencia, de una mentira construida sobre una base legal, me hacía sentir insegura. Pero no pude evitar preguntarme si en algún punto dejaría de ser una mentira.
Mientras caminábamos por el parque, mi teléfono vibró de nuevo. Era una llamada de Melania. Alexander y Max estaban comprando algodones de azúcar, así que me alejé para contestar.
—Hola, Melania —dije, sintiéndome feliz.
—¡Aurora! —su voz sonaba emocionada—. ¿Ya te enteraste?
—¿Enterarme de qué?
—De Karoline —dijo, y aunque no lo dijo directamente, sentí la satisfacción en su voz—. El karma le llegó.
Mi respiración se aceleró.
—¿Qué pasó?


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