Karoline tomó el teléfono con manos temblorosas. Los médicos ya le habían dicho que la pequeña Tiffany estaba bien, que solo había estado bajo el influjo de un poderoso sedante que los delincuentes habían impregnado en el aire. Pero ella no podía arriesgarse a que Alan lo supiera, no podía permitir que descubriera que ella había robado las cenizas de Tommy, porque ese sería su fin.
Así que, la única salida era inventar algo. Una mentira que fuera creíble y que, a la vez, le devolviera a ella y a Tiffany la absoluta atención y devoción de Alan.
—Cariño, muchas gracias por todo lo que hiciste por nosotras —susurró, su voz cargada de un falso dramatismo.
—¿Cómo está Tiffany? —la voz de Alan se escuchaba tensa y preocupada al otro lado de la línea.
—Ella está mejor, los médicos lograron estabilizarla. Pero su corazón... —Karoline hizo una pausa, midiendo el efecto de sus palabras.
—¿Qué pasa con su corazón? —la desesperación en la voz de Alan se hizo evidente.
—Tuvo una recaída, cielo —Karoline bajó la voz, como si estuviera a punto de romperse—. Por culpa de ese ladrón que entró a la casa, mi pequeña se alteró y eso hizo que recayera. No es muy grave, pero si no recibe las atenciones y los cuidados necesarios, todo podría complicarse. Yo no podría soportar si algo le pasa.
—Nada le va a pasar —Alan aseguró, su tono ya no era de enojo, sino de culpa.
Karoline lo había logrado. La atención de Alan estaba nuevamente sobre ella, y pensaba aprovecharlo a su favor.
Mientras tanto, en la mansión, el sol de la mañana se alzaba en su máximo esplendor. Me encontraba en el jardín, regando las plantas, acariciando las flores con una gran devoción, me encantaban las flores y las plantas, disfrutaba estar cerca de ellas y respirar su aroma. Me sentía tranquila en esa soledad matutina, la tierra húmeda bajo mis pies era un bálsamo para mi alma.
Desde la puerta, Alexander me observaba, con admiración, estaba vestido con un traje hecho a medida que lo hacía ver imponente. —Eres tan diferente a ella, Aurora. Tú eres toda bondad. ¿Por qué no llegaste antes a mi vida, cuando mi corazón todavía podía amar?—se dijo a sí mismo.
Sentí su presencia y me giré para verlo, sus ojos estaban sobre mí con esa mirada intensa que me hacía temblar las rodillas. Él caminó hacia mí.
—Tengo una reunión importante —me dijo—. No podré desayunar con ustedes. Solo quería agradecerte. Max estaba tan feliz ayer en el parque de diversiones. Hacía mucho tiempo que no lo veía sonreír así. Todo fue gracias a ti.
Una lágrima escapó de mis ojos.
—Me alegra en el alma que el niño esté bien —le dije. Es que Max me recuerda tanto a mi pequeño Tommy. Siento tanta culpa por no haberle dado una mejor vida, por no haberme esforzado más para alejarlo de ese destino tan terrible.

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