—¡Señora Nanette, ya nació!
Melba, la empleada, le dio la noticia a Nanette Larco con una expresión de puro coraje.
Nanette, en cambio, lucía muy tranquila. —¿Niño o niña?
—¡Niño! Anatolia e Ivón no caben de la felicidad, no dejan de decir lo hermoso que es, y hasta el señor Galileo está tan contento que...
Melba se dio cuenta de lo que estaba diciendo y se calló de golpe.
Miró con bastante lástima a la mujer que estaba sentada frente al ventanal, negó con la cabeza y se alejó soltando un suspiro.
A Nanette se le hizo un nudo en el pecho. Toda la familia Godoy se había mudado prácticamente al hospital estos últimos días para acompañar a Yolanda, la esposa del segundo hijo, que estaba a punto de dar a luz, y hasta su propio esposo andaba ahí pegado.
En estos días no se había separado de ella. Estaba más pendiente de la viuda de su hermano que de su propia esposa.
Se escuchó un ruido en la puerta; Galileo Godoy había regresado de repente.
Venía de buen humor, como si se le hubiera olvidado la frialdad con la que normalmente trataba a Nanette.
—Yolanda ya tuvo al bebé. Pesó casi tres kilos y medio, está bien gordito, no te imaginas lo adorable que es.
Fue lo primero que dijo Galileo al entrar. No podía ocultar la emoción en su voz.
—El parto fue pesado; Yolanda la pasó mal y nos tuvo con el corazón en la mano. Íbamos a pasarla a cesárea, pero ella insistió en un parto vaginal y al final el médico decidió acompañarla, con todo el cuidado.. Pero al ver cómo le dolía, Anatolia y las demás se soltaron a llorar de la angustia.
La Yolanda de la que hablaba Galileo era Yolanda Camoso.
La consentida del Grupo Camoso, quien hace tres años se casó y entró a la familia Godoy al mismo tiempo que Nanette.
Nanette se casó con el hijo mayor, Galileo.
Y Yolanda se casó con el menor, Martino Godoy.
Fue una boda doble de la que habló medio San Lirio durante Semanas.
Pero el gusto les duró poco.
Martino, que siempre fue un fanático de la velocidad y la adrenalina, chocó contra un tráiler en una carrera clandestina y perdió la vida.
Nanette recordaba muy bien que Martino prometió en sus votos matrimoniales dejar esa afición por Yolanda.
Por qué decidió ir a correr ese día, era un misterio.
La niña mimada de los Camoso se quedó viuda de un día para otro.
Los Godoy se sentían muy culpables y le rogaron que rehiciera su vida.
—Si Yolanda se aventó el paquete de tener un hijo es porque amaba a Martino. Él ya no está y ella necesitaba un motivo para seguir adelante, un apoyo emocional. ¿Qué tiene eso de malo?
Nanette soltó un suspiro casi imperceptible.
—¿Y me pediste permiso?
Al principio, cuando Nanette supo del embarazo de Yolanda, pensó que el bebé era de Martino. Incluso si Yolanda se ponía insoportable por las hormonas, la trataba con respeto.
Hasta que los meses de gestación dejaron de cuadrar y Galileo tuvo que soltar la sopa.
Galileo le había dicho: «El embarazo de Yolanda fue por inseminación artificial. Usaron el esperma que yo había congelado hace tiempo. Fue una decisión de toda la familia, espero que lo entiendas».
Un asunto de ese calibre y todos en la familia Godoy se lo ocultaron.
¿Esperaron a que ya no hubiera vuelta atrás para decirle?
¿Y querían arreglarlo todo con un simple «espero que lo entiendas»?
Galileo se sentó en el sillón de enfrente, se puso un cigarro en los labios y, con sus manos de dedos largos y finos, hizo clic con el encendedor para prenderlo.
La verdad es que Galileo era un hombre muy atractivo; de facciones bien marcadas, y con sus lentes de armazón dorado, daba un aire de hombre maduro, interesante y profesional.

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