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El grito de «¡Noel!» resonó desde la rendija de la puerta y llegó nítidamente a los oídos de Joaquín Cortés.
Cuando la pareja por fin salió, Nanette estaba tan nerviosa que no sabía dónde meter las manos.
Don Joaquín estaba sentado en el sofá con una postura rígida e imponente.
Nanette se apresuró a dar un par de pasos hacia él.
—Don Joaquín.
¡No podía creer que su esposo hubiera cometido semejante locura!
Joaquín le lanzó una mirada fulminante a Noel, que venía detrás de ella. Parecía a punto de estallar de rabia.
Nanette intentó calmar las aguas por su esposo, esbozando su mejor sonrisa.
—Don Joaquín, voy a traer a Aarón para que lo vea.
Él levantó una mano.
—Por ahora no.
—Está bien. ¿Ya desayunó? ¿Quiere que le pida a la señora que le prepare algo?
—Ya comí.
—¿Entonces un café? ¿Le preparo algo de tomar?
—No tengo sed.
Nanette se sentía avergonzada y furiosa a la vez.
¡Todo por culpa de este hombre!
¡Cómo se atrevía a mentirle!
Ella de verdad le había creído cuando dijo que su padre le había dado los documentos con su bendición.
¡Y resultó que se los había robado!
Siendo el prestigioso heredero de Puerto Alba, un hombre siempre tan calculador y frío... ¡¿Cómo se le ocurría hacer algo así?!
Joaquín se aclaró la garganta.
—He venido a preguntarle a mi querido hijo... ¿dónde están los documentos de la familia?
Nanette retrocedió hasta quedar junto a Noel y le dio un pellizco disimulado en la cintura.
Él, en lugar de molestarse, sonrió.
—Si ya viniste hasta aquí a buscarme, ¿hace falta que preguntes?
Joaquín lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Una decisión tan importante y la tomaste a escondidas?
—Solo quería darle una sorpresa a mi Nanette.
—¿Y aunque fuera una sorpresa, no podías avisarle a tu propio padre?

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