Después de beber, Joaquín intentó entregarle el sobre de regalo a él.
Noel extendió la mano para recibirlo.
Pero Joaquín la apartó rápidamente y se lo entregó a Nanette.
—Tómalo tú. ¡Él no se lo merece!
Nanette no pudo evitar reír mientras aceptaba el sobre.
Su suegro era un anciano bastante adorable.
Justo en ese momento, el llanto de Aarón resonó desde la habitación.
Joaquín saltó del sofá como un resorte.
—¡Rápido, vayamos a ver qué le pasa a mi muchacho!
Caminaba con tanta agilidad que parecía un jovencito.
Noel ayudó a Nanette a acomodarse mejor en el sofá.
—¿Estás bien?
Nanette fingió ignorarlo.
—¿Todavía sigues enojada?
—¡Claro que sigo enojada! —le reprochó, frunciendo el ceño—. ¡Apenas ha pasado un rato! ¡Jamás imaginé que tú, Noel Cortés, te atreverías a hacer algo así!
—Solo quería darte una sorpresa...
—¡Eso no fue una sorpresa, casi me matas del susto! ¡Tu padre debió haberte dado tu merecido!
Noel se inclinó hacia ella, con una sonrisa provocadora.
—¿Habrías soportado verme sufrir?
Ella lo empujó por el pecho.
—¡A partir de hoy, te vas a dormir a tu departamento!
—Se lo dejé a Valeria. Ya no puedo dormir ahí.
—¡Entonces vete a La Mansión Cortés!
Justo en ese momento, Joaquín salía con Aarón en brazos.
—Ni hablar. No voy a permitir que use mi casa como hotel, entrando y saliendo cuando le plazca.
Noel no sabía si reír o llorar.
Joaquín arrullaba a su nieto, mirándolo embelesado. Cada día lo adoraba más.
—Nanette, mi niña, quiero pedirte un favor.
Nanette ya sabía por dónde iba la cosa sin siquiera tener que adivinar.
—Papá, estos próximos días voy a estar trabajando hasta muy tarde y apenas tendré tiempo para estar con Aarón. Si no es mucha molestia, ¿podría cuidarlo por mí unos días? La niñera irá con él, así que cualquier duda que tenga, ella podrá ayudarle.
Joaquín, que era un zorro astuto, entendió de inmediato que Nanette le estaba dando una salida elegante.
Ninguna madre recién dada a luz querría separarse de su bebé por un par de días de trabajo pesado.

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