—Levanta la cabeza.
Iris se mordió el labio y alzó la mirada lentamente.
Sus ojos ya estaban cristalizados, a punto de derramar lágrimas.
Pero Nanette no bajó la guardia ni suavizó su tono.
—Nosotros no vamos por la vida pisoteando a nadie, pero si alguien intenta pasarnos por encima, tenemos que defendernos. No puedes permitir que la gente se suba a tus hombros y te use de tapete.
»Si eres débil, ellos serán más crueles. Te pisotearán, abusarán de ti y te tratarán como si no valieras nada el resto de tu vida.
»Tal vez crees que cediendo y quedándote callada evitarás problemas, pero lo único que logras es darles permiso para destruirte. Y al final, solo te quedarás llorando, ahogándote en tu propia inseguridad, sin poder salir de ahí.
»Así que, escúchame bien, Iris. —Nanette levantó suavemente el mentón de la joven con sus dedos finos y suaves.—. Nunca vuelvas a bajar la mirada. Levanta la cabeza, mantén la espalda recta. Aprende a decir que no. Aprende a protegerte.
Una lágrima rodó por la mejilla de Iris.
No era de tristeza, sino de profunda gratitud.
Jamás, en toda su vida, alguien le había hablado con tanta franqueza y cuidado.
Desde niña, la única lección que le habían inculcado era sacrificarse por su familia, cargar con el peso de su hermano menor y tragarse el dolor sin hacer ruido.
No sabía qué era defenderse.
Ni siquiera sabía cómo intentarlo.
Pero la otra noche, Gael la había obligado a enfrentar la humillación.
Y hoy, Nanette le estaba enseñando a caminar con dignidad.
¿Qué había hecho ella para merecer tanto apoyo?
—Recuérdalo bien —añadió Nanette—. Si ni tú misma te respetas, si tú no te valoras, no esperes que el resto del mundo lo haga.
Iris asintió con determinación, como si acabara de tomar la decisión más importante de su vida.
—Entiendo, Presidenta Larco. Ya sé lo que tengo que hacer.
Nanette sonrió complacida.
—Estaré observando.
—No la defraudaré.
Más le valía.
No había invertido tanto tiempo y saliva para nada.
Se dio cuenta de que últimamente sonaba un poco como Noel, regañando a la gente con ese tono autoritario.
—Por cierto, ¿qué pasó con esa cita a ciegas?
—Quedamos para cenar pasado mañana —respondió Iris.

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