Y pensar que él había estado moviendo cielo y tierra buscándola.
Y resulta que su esposa estaba escondida en casa de sus suegros.
Y su propio padre lo había ayudado a encubrirla.
Noel no sabía si reír o llorar.
¿Desde cuándo se llevaban tan bien esos dos?
Sin embargo, al ver a su esposa sana y salva a su lado, la angustia de Noel por fin se disipó.
—Disculpe, ¿sobró comida? —le preguntó a una empleada.
—Sí, sí, enseguida le sirvo.
Pronto, le entregaron un plato bien servido.
Noel tomó los cubiertos, probó un bocado y el sabor le resultó inconfundible.
No hacía falta preguntar quién lo había preparado.
—Papá, ¿es la primera vez que tu nuera viene de visita y la pones a cocinar?
Joaquín se frotó la nariz, sintiéndose un poco expuesto.
—Aquí Ulises es testigo. Yo no le pedí a Nanette que cocinara, ella insistió porque quería que probara su sazón.
Al decirlo, le dio un ligero codazo a Ulises.
—Sí, sí, joven amo —se apresuró a confirmar Ulises con una sonrisa—. Le juro que el señor no se lo pidió.
Noel no dejó de comer ni un segundo.
—¿Cuántos días llevas sin comer para estar así de hambriento? —comentó Joaquín.
—No almorcé ni cené, ¿cómo no voy a tener hambre?
—Pues ni que alguien te hubiera cosido la boca —gruñó Joaquín.
Noel le lanzó una mirada gélida.
—Si cierta persona no me hubiera mentido, habría encontrado a mi esposa más temprano, y solo al encontrarla podía comer en paz.
Joaquín miró a Nanette haciéndose la víctima.
—Nanette, míralo, este es mi hijo. Fíjate qué actitud tiene.
—Papá, escuché por ahí que últimamente has estado jugando mucho ajedrez con mi padrino —intervino Nanette—. ¿Qué te parece si jugamos un par de partidas?
Por supuesto, Joaquín estuvo encantado.
—¡Me parece perfecto! Vamos al estudio.
Dicho y hecho, se levantaron y se fueron.
Noel siguió comiendo, imperturbable.
—Joven amo —preguntó Ulises, extrañado—, ¿no vino usted a buscar a la joven señora? Si ya la encontró, ¿por qué no le dirige la palabra?

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