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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 1048

La sangre resbalaba por la hoja del cuchillo, gota a gota.

Galileo se apoyó en el marco de la puerta con una mano, mientras con la otra se tocaba el cuchillo. Su rostro ensombrecido comenzó a perder el color.

Al ver a la persona que sostenía el arma, la mente de Nanette se volvió un caos.

Jamás habría imaginado que, en el momento más crítico, sería Camila Mancilla quien la salvara.

Ante el sufrimiento de Galileo, Camila se mantuvo impasible, dirigiendo a Nanette una mirada gélida.

—¿No te vas?

Nanette quiso decir algo, pero las palabras se atoraron en su garganta. Tras un instante de duda, habló:

—No dejes que muera, llévalo a un hospital.

Si Galileo perdía la vida allí, Camila se convertiría en una asesina.

Y lo peor: sería una asesina por haberla salvado.

Nanette no podía permitir que eso pasara.

¡Era una deuda demasiado grande de cargar!

A Camila pareció no importarle en lo absoluto.

—Hace un momento intentaba violarte, ¿y ahora te preocupa si vive o muere?

—No me preocupa él —respondió Nanette—, me preocupa que pases el resto de tu vida en la cárcel.

Camila se quedó atónita por un segundo y luego sonrió con amargura.

—Resulta que te sigo importando.

Galileo ya no pudo sostenerse y empezó a desplomarse.

No podían sacarle el cuchillo; si lo hacían, se desangraría hasta morir en cuestión de minutos.

Con el tiempo en contra, Nanette corrió a sostener a Galileo y le gritó a Camila:

—¡Rápido! ¡Hay que llevarlo al hospital! ¡No podemos dejar que se muera!

Tras dudar un momento, Camila se acercó y juntas metieron a Galileo en el asiento trasero del coche.

Nanette buscó rápido en su celular.

Había una clínica comunitaria cerca.

No importaba qué tan pequeña fuera, primero tenían que salvarle la vida.

Nanette tomó el volante.

Camila iba en la parte trasera con Galileo.

El rostro del hombre ya no tenía ni una gota de color, y el olor a sangre en el vehículo era cada vez más intenso.

Aferrándose a un hilo de vida, la mente de Galileo pareció aclararse un poco.

—Camila Mancilla... eres increíble...

Tras balbucear esas palabras, su cabeza cayó sobre el hombro de ella.

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