La mandíbula de Adrián se tensó al máximo. Sentía que una vena en su corazón estaba a punto de estallar, doliendo de forma punzante.
Pero lo que más sentía era decepción.
—Tu hermano no hizo nada malo.
Junto con esa voz ronca y severa, una figura con un aura imponente y pesada entró a la habitación.
El rostro de Arturo Zamora no se veía mucho mejor que el de Adrián.
—Ese infeliz de Cortés se nos ha subido a las barbas a la familia Zamora, ¿acaso tu hermano no debía darle una lección?
Mientras más pensaba en ello, más le hervía la sangre a Arturo.
—Con razón cada vez que llamaba a Joaquín Cortés, siempre me daba largas, o no contestaba, o decía que estaba ocupado, y nunca mencionaba la boda.
—¡Hmpf! ¡Resulta que a nuestras espaldas metieron a esa cualquiera como nuera de su familia! ¡Y hasta tienen a un bastardo de por medio!
—Toda mi vida he sido un hombre respetado, nunca me había tragado un insulto semejante. ¡La familia Cortés ha cruzado la línea, y si no les cobro esta afrenta, dejo de llamarme Arturo Zamora!
—¡Papá! —Jovita se sentó de golpe en la cama.
Pero, debido a no haber comido en todo el día, su cuerpo se tambaleó y casi se desploma.
Adrián, con rápidos reflejos, la atrapó a tiempo.
Se sentó al borde de la cama, sosteniéndole la espalda con una mano, con los ojos llenos de angustia.
—Papá, Adrián... ¿pueden dejar de meterse en mis asuntos? Yo resolveré lo mío con Noel.
Por primera vez, Arturo le gritó a Jovita.
—¿Tú lo resolverás? Ha pasado muchísimo tiempo desde que todo estalló, ¡ellos ya hasta tienen un hijo y firmaron el acta de matrimonio! ¿Ese es el resultado de cómo resuelves las cosas?
—¿Creías que con un poco de presión mediática ibas a hacer que ese muchacho de los Cortés recapacitara? ¡Qué ingenua eres!
Una mirada despiadada cruzó los ojos de Arturo.
—Siendo la señorita de la familia Zamora, ¡tienes una fila interminable de hombres rogando por casarse contigo! ¿Qué se creen esos de los Cortés? Si no querían este matrimonio, a nosotros tampoco nos interesa. ¡Si hay que romper el compromiso, se rompe!
—Pero aunque se rompa, ¡debemos ser nosotros los Zamora quienes lo cancelemos, no ellos!

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