De repente, Nanette dejó escapar un suspiro pesado.
Pero ese suspiro sonó un tanto espeluznante.
Las siguientes palabras parecían dirigidas tanto a Hugo como a ella misma.
—Antes, cuando estaba con la familia Godoy, sentía que cualquiera podía pisotearme, era como un pobre insecto viviendo de la caridad ajena.
—Luego, conocí a mi esposo, y la verdad es que él me enseñó muchísimas cosas.
—Él me dijo que la bondad debe tener un límite.
—También me dijo que, sin importar lo que hiciera, él siempre estaría respaldándome, y que no debía preocuparme ni tener miedo.
—Fue así como de pronto encontré el coraje para vivir, y volví a conocer a mi verdadero yo.
—Puedo ser bondadosa, pero la condición de esa bondad es que ni yo ni mis seres queridos, la gente que me importa, salgamos lastimados.
—Pero tú...
Tras una breve pausa, la horquilla se hundió otro poco.
Unos milímetros más y le perforaría la arteria carótida.
La voz de la mujer se volvió oscuramente aterradora.
—¡Has lastimado a la persona que me importa! ¡De verdad, has logrado hacer que te deteste!
Al hombre le temblaban las piernas del miedo.
Si el guardaespaldas no lo estuviera sosteniendo, probablemente se habría desplomado en el suelo.
Pudo ver el odio en los ojos de Nanette, leyó en esa mirada fría y profunda un mensaje muy claro:
No se detendría.
Cuando el terror a la muerte invadió todo su cuerpo, el hombre finalmente escupió la verdad.
—¡Fue la familia Zamora! ¡Fue Adrián Zamora! Él me mandó a hacerlo, me dio un montón de dinero para presentar la denuncia. No fui solo yo, hay varias personas más, todos cobramos su dinero...
El guardaespaldas le asestó un golpe seco y el hombre cayó desplomado al suelo.
La respuesta era la que esperaban, a ninguno le sorprendió.
Lo único que necesitaban era la prueba.
Nanette le entregó la grabadora a Hugo.
—Envíalo a Asuntos Internos.
Hugo se guardó la grabadora en el bolsillo.
—Señora, por alguna razón siento que ahora tiene un aire muy parecido al del señor Noel.
Nanette sonrió levemente.

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