Al día siguiente.
Nanette fue primero a la oficina.
Su plan era dejar listas las instrucciones más urgentes y luego ir directo al hospital para acompañar a Sabina.
Le había prometido que la cuidaría personalmente hasta que le dieran el alta.
Al llegar a la entrada del edificio, se topó de frente con Valeria.
La chica se acercó a ella. Hizo un esfuerzo visible por llamarla «cuñada», pero las palabras simplemente no salieron de su boca, así que optó por un distante «Presidenta Larco».
A Nanette le tenía sin cuidado cómo decidiera llamarla.
—Buenos días.
—Quiero pedir dos días libres —soltó Valeria sin rodeos.
Nanette presionó el botón del ascensor.
—Si quieres pedir permiso, sigue el protocolo. Haz que tu jefe directo te firme la solicitud y luego entrégala en Recursos Humanos. No tiene que pasar por mí.
Valeria parecía estar de un humor excelente. No dejaba de sonreír con descaro.
—Me da pereza seguir todo ese trámite. Es más fácil decírtelo directamente a ti.
Nanette giró el rostro para mirarla y preguntó con frialdad:
—¿Y qué te hace pensar que tú no tienes que seguir las reglas?
—Pues, al fin y al cabo, somos familia, ¿no?
Nanette soltó un ligero bufido.
—¿Desde cuándo me consideras de tu familia?
Nanette ya estaba enterada de lo de la cena de anoche. Sabía que Sergio y Dante se habían presentado en la casa, pero Valeria ni siquiera se había dignado a ir.
Era más que evidente que su prima política aún no la aceptaba.
—Aunque seamos familia, en el trabajo se separa lo profesional de lo personal. Debes cumplir con cada paso del protocolo. Si no, olvídate del permiso.
Las puertas del ascensor se abrieron, pero Valeria se quedó plantada en su sitio.
Nanette entró.
—¿No subes?
Valeria hizo un puchero, visiblemente contrariada.
Nanette no dudó y presionó el botón para cerrar la puerta.
Justo antes de que los paneles se unieran, Valeria metió la mano para detenerlos. Una vez dentro, sus ojos buscaron la forma de contraatacar, hasta que finalmente habló:
—Por culpa de mi primo y la cancelación de la boda, Jovita lleva días sin probar bocado. Para colmo, su padre la tiene encerrada y no la deja salir. Pobrecita, ¿no crees?
Nanette ni se inmutó.
Sabía perfectamente que la chica solo decía esas cosas para provocarla.
Al ver que no obtenía reacción, Valeria se acercó un paso más.

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