Un nuevo silencio cayó sobre ellas.
La atmósfera se volvió espesa y cargada de incomodidad.
Solían ser hermanas de vida, sin secretos, y ahora...
—¿Tú y Noel van a tener una boda? —preguntó Camila, rompiendo el hielo.
Nanette no vio motivo para ocultarlo.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Aún no sabemos la fecha exacta. Estamos esperando a que mi suegro elija el día más propicio.
Camila apretó los labios, con la mente divagando por un instante.
—Les deseo mucha felicidad.
—Gracias.
Aunque Camila ya sabía la respuesta, no pudo evitar hacer la pregunta:
—Supongo que no me invitarás, ¿verdad?
—No.
La sonrisa de Camila se tiñó de una inmensa tristeza.
—Lo entiendo...
Nanette desvió la mirada hacia el reloj en su muñeca.
—Tengo que entrar.
Camila asintió sin intentar detenerla.
—Sí. Que te vaya bien.
Nanette hizo un ligero asentimiento.
Eran tan formales y cordiales como dos desconocidas cruzándose en la calle.
Nanette ya había avanzado un trecho cuando la voz de Camila la alcanzó desde atrás.
—Ya no tienes que preocuparte de que Galileo vuelva a acosarte.
Nanette se detuvo en seco y giró para mirarla.
—¿Qué quieres decir?
Una levísima y casi imperceptible sonrisa se dibujó en los labios de Camila.
—Yo me encargaré de mantenerlo a raya. Si se atreve a molestarte de nuevo, lo destrozaré con mis propias manos.
Nanette se quedó pasmada por unos segundos.
Para cuando salió de su estupor, Camila ya había desaparecido.
Sintió el impulso de correr tras ella y preguntarle de dónde venía esa declaración tan repentina y radical.
Pero al pensarlo dos veces, se dio cuenta de que ya no había necesidad de preguntar nada.
***

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