Nanette lo pensó un momento y le dio la razón.
Desde la habitación infantil, llegaban risas contagiosas.
La puerta estaba abierta, y desde el pasillo se podía ver al pequeño Aarón riendo a carcajadas sobre su alfombra de juegos.
A su alrededor estaban sentados Don Joaquín, Ulises y la pequeña Tina.
Nanette miró la hora y, justo cuando estaba a punto de intervenir, Don Joaquín se le adelantó.
—Tina, ya es hora de que vayas a tu cuarto. Sabes muy bien que en esta casa, con la comida y con los horarios, la que manda es tu tía Nanette. Si no le haces caso, a mí también me va a regañar.
Tina sacó la lengua de forma juguetona.
—Ya sé, ya sé. Ya me voy a mi cuarto.
Nanette sacó una pequeña caja de su bolso.
—¿Qué es eso? —preguntó la niña.
—Un regalito.
—¿Por qué me traes un regalo otra vez?
Tina sentía que su corazón iba a estallar de felicidad.
A pesar de que su tía ahora tenía a su propio bebé, nunca la había dejado de lado.
Se acordaba de sus pasatiempos, sabía perfectamente qué le gustaba comer y qué no, y nunca le faltaba un detalle en fechas especiales o cuando sacaba buenas calificaciones en la escuela.
Nanette le acarició el cabello con ternura, como lo haría una madre.
—¿No me dijiste la otra vez que te había gustado un broche que viste en internet? Te lo compré.
Tina se abalanzó sobre ella y le dio un fuerte abrazo.
—¡Eres la mejor, tía Nanette!
Siempre recordaba todo lo que ella le decía.
A Nanette no le gustaban mucho las escenas sentimentales.
—Bueno, ya, vete a dormir que mañana hay escuela.
—¡Sí!
La niña salió corriendo con una sonrisa de oreja a oreja.
Nanette se sentó con las piernas cruzadas sobre la alfombra de juegos.
Y Noel se acomodó a su lado.
Toda la familia rodeaba al pequeño Aarón.
Verlo crecer día a día, notando cómo sus facciones se volvían una mezcla perfecta de los dos, les llenaba el rostro de una felicidad inconmensurable.
Don Joaquín miró a Nanette de reojo un par de veces.

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