Venancio se inclinó ligeramente, apoyando un brazo en el respaldo del sofá.
—¿No acababas de decir que ya no me ibas a acosar?
—Dije que iba a esperar, pero sin acosarte —aclaró Zulema—. Puedo esperar en algún lugar donde no me veas.
Los ojos de Venancio mostraron un destello de sorpresa.
—¿De verdad serías capaz de esperar tres años?
—Si soy capaz o no, ya lo verás. Aunque te lo diga ahora, no me vas a creer.
Venancio hizo una breve pausa.
—Por cómo lo dices, parece que tienes un plan B.
—¿Qué plan B? —preguntó ella.
—¿No dijiste hace un momento que si en tres años no me enamoraba de ti, te casarías con otro?
—Sí, así es. ¿Y qué?
El tono de Venancio se volvió un poco más grave.
—¿Hay algún tonto por ahí que también esté dispuesto a esperarte tres años?
Zulema entendió la indirecta y frunció el ceño con indignación.
—¡Venancio, no digas tonterías! ¡No tengo ningún plan B! ¡Yo no soy como tú!
—Yo tampoco tengo un plan B —replicó él.
Zulema murmuró con resentimiento:
—Tú no tendrás un plan B, pero bien que has sido todo un picaflor.
Venancio se enderezó, adoptando una expresión seria.
—Te recuerdo que eso es por exigencias de trabajo, no por ser un mujeriego. A veces, cuando asisto a banquetes importantes, es completamente normal necesitar a una acompañante, pero la cosa no pasa de ahí. No tengo ningún otro tipo de relación con ellas, y mucho menos he dormido en la misma cama.
Al escuchar esto, una enorme sonrisa iluminó el rostro de Zulema.
—Ya lo sé.
Venancio la observó fijamente durante un buen rato.
—¿Me estás sacando información?
Zulema sonrió con la inocencia de una niña sin preocupaciones.
—Para nada.
Los labios de Venancio se entreabrieron para decir algo más, pero se cerraron de golpe al ver entrar a alguien de repente. Su mirada se desvió instintivamente hacia Noel.

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