Adrián se sintió completamente impotente.
—Jovita...
—Si eres tan capaz de protegerme, ¿por qué no apareciste cuando me estaban humillando?
Adrián se quedó paralizado, mirándola fijamente por un largo rato.
Jovita ya había perdido la razón. Incluso si después se daba cuenta de lo crueles que habían sido sus palabras, no tenía ánimos para disculparse.
—Quiero un cigarrillo.
Finalmente, Adrián se lo dio.
Al encenderlo, Jovita le dio una calada profunda y de inmediato empezó a toser, asfixiada por el humo.
Adrián le dio unas suaves palmadas en la espalda, con el corazón roto.
—Ya no fumes.
Pero ella lo apartó de un empujón.
—Déjame en paz, quiero estar sola.
Adrián la observó en silencio durante un buen rato, y luego se sentó a un lado sin decir nada.
El timbre de la puerta los sobresaltó, sacándolos de su trance.
Adrián fue a abrir.
Dora le lanzó una mirada asesina y, con una fuerza inusitada, caminó a paso rápido hasta donde estaba Jovita.
Jovita fulminó a Adrián con la mirada.
—¡Adrián! ¡¿Tú le dijiste que viniera?!
La expresión de él ya había vuelto a su frialdad habitual.
—Pasó algo gravísimo, no podía ocultárselo a mamá.
Jovita sintió una profunda decepción.
—¿Por qué lo hiciste...?
No quiso terminar la frase.
Quería que la menor cantidad de personas posibles se enteraran de aquello.
Y lo que menos deseaba era que sus padres lo supieran.
Ahora que su madre lo sabía, su padre se enteraría tarde o temprano.
¿Cómo podría seguir viviendo en la familia Zamora después de eso?
Dora había llegado furiosa, pero al ver a su hija tan demacrada, el dolor la sobrepasó.

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