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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 1154

En cuanto se abrió la puerta de la sala de curaciones, Don Joaquín se apresuró a acercarse.

—¿Y bien, doctor?

El médico sabía que la identidad de Nanette era especial, de lo contrario, el Mando Militar del Sur no habría llamado personalmente.

Por eso, habló con extremo respeto.

—Le hicimos una revisión completa a la señorita Larco. Pierda cuidado, señor, no hay daños internos, todo es superficial.

—Ya desinfectamos y vendamos las heridas. Solo debe evitar mojar los vendajes y llevar una dieta suave durante un par de días, se recuperará pronto.

Don Joaquín por fin respiró aliviado, pero al ver los moretones de Nanette, el corazón se le encogió de nuevo.

—Nanette, vámonos a casa. Le diré a la abuela Melba que te prepare algo delicioso.

Nanette recordó algo de pronto.

—Papá, ¿no le dijeron nada de esto a mi padrino y mi madrina, verdad?

Su madrina acababa de salir del hospital; si se enteraba, le daría un infarto del susto.

Obviamente, Don Joaquín ya había pensado en eso.

—Tranquila, no les he dicho nada. No lo saben.

Nanette se relajó y esbozó una leve sonrisa. —Papá, tengo hambre.

Don Joaquín: —Vamos, a casa.

En el trayecto, Nanette les relató con detalle lo sucedido.

A Don Joaquín le sorprendió bastante el inesperado actuar de Adrián.

—Quién lo diría, que ese cachorro terminara salvándote la vida.

Nanette no estaba tan sorprendida.

—Él no es como Arturo Zamora, su alma no está completamente podrida.

Don Joaquín asintió, dándole la razón.

—Al menos así logró conservar su propia vida.

Si hoy hubiera lastimado a su nuera, él mismo se habría encargado de cavar su tumba.

***

Al ver la cantidad de rasguños y moretones en el cuerpo de Nanette, Melba y Tina rompieron a llorar.

Especialmente Melba, quien deseaba haber recibido esos golpes en su lugar.

—¡Ay, mi niña, no sirvo para nada! Cuando me trajiste a vivir aquí te juré que te protegería y te cuidaría, ¡y mira nada más cómo terminaste!

Nanette abrazó a Melba.

—Ay, abuela Melba, ya me cuidas de maravilla. Para mí, eres como una madre.

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