Jovita retrocedió tambaleándose por la fuerza de los golpes.
Nanette acortó la distancia entre ellas, levantó la mano y volvió a cruzarle la cara de una bofetada.
—¡Señorita Zamora! ¡Si no me pongo a discutir con usted no es porque tenga la culpa de algo! ¡Es porque me niego a comportarme como una histérica soltando disparates e inventando mentiras!
»¿Con qué cara viene a mi casa a armar un escándalo, a gritar y a echar culpas?
»¡Si no fuera por su terquedad, si no fuera porque su familia es capaz de pisotear a cualquiera con tal de mantener las apariencias, nada de esto habría pasado hoy!
»Se llena la boca diciendo «tío Joaquín» por aquí y por allá, pero, ¿de verdad le tiene una gota de respeto?
»¿Acaso no sabe que Ulises ha trabajado toda su vida al lado de mi suegro, que le ha entregado su vida entera a la familia Cortés? ¿Con qué derecho le levanta la mano? ¡No es nadie para golpearlo!
—Ja —resopló Nanette, con el rostro cargado de desprecio y sarcasmo—.
»Que es una niña bien, que es toda dulzura y modales... Esas no son más que etiquetas que usted misma se inventó para disimular lo podrida que está por dentro. ¿Qué diferencia hay entre usted y una buscona de barrio?
»Incluso si Ulises no trabajara para nosotros, sigue siendo un señor mayor. ¿Cómo se atreve a golpear a un anciano?
»Dígame, señorita Zamora, ¿dónde quedó toda esa educación de la que tanto presume?
»¡Es una ignorante! ¡Una ridícula!
Ulises estaba boquiabierto.
Llevaba tiempo conociendo a Nanette, pero era la primera vez que la veía perder los estribos de esa manera.
Y todo por defenderlo a él, un simple empleado.
En ese instante, cualquier rastro de resentimiento o humillación desapareció del corazón del viejo cuidador.
Con una mujer así protegiéndolo en la familia, ¿de qué podía quejarse?
La mente de Jovita, por fin, empezó a aclararse.
Miró su propia mano temblorosa, la misma con la que había abofeteado a Ulises, y sintió que la cabeza le daba vueltas.
¿Qué le estaba pasando?
¿Cómo había sido capaz de agredir a Ulises?
Nanette tenía razón. Aunque el hombre no fuera sangre de la familia Cortés, era un anciano. No debía haberlo tocado.
«No, no, no», pensaba.
«Jovita, reacciona. Esta no eres tú, no eres tú... Tú no eres una mujer sin clase».
Jovita dio varios pasos hacia atrás, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas como perlas sueltas.
De pronto, corrió hacia el anciano.
—Ulises... Ulises, perdóneme... No sé qué me pasó, yo...
Ulises no le guardaba rencor; de hecho, ahora solo sentía lástima por ella.
—Señorita Zamora, el daño ya está hecho y no hay vuelta atrás. Mejor váyase a su casa. Usted es joven, tiene un gran futuro por delante. No se arruine la vida por un arranque de ira.

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