—Y eso es todo.
Al escucharla, Galileo se quedó en silencio por un largo rato.
Quién sabe qué estaría procesando en su cabeza, pero al final sonrió con cierta relajación.
—De acuerdo. Vámonos de viaje.
***
Cuando Venancio logró salir del local, Zulema ya había desaparecido.
Intentó llamarla a su celular, pero ella le rechazó la llamada al instante.
Sin embargo, a los pocos segundos recibió dos mensajes de texto.
[Ya estoy en mi casa, no te preocupes por mí].
[Perdón, no debí llamarte para quejarme de mis problemas. De ahora en adelante no te vuelvo a molestar con mis asuntos].
Al leer el segundo mensaje, Venancio sintió un vacío repentino en el pecho.
¿Perdón?
¿Por qué esa palabra lo ponía tan de mal humor?
¿Y eso de «estoy en mi casa»?
¿En qué casa?
¿No se habría regresado a su pueblo natal?
¿No había dicho que iba a aguantar tres años?
Venancio le respondió rápido.
[¿Dónde estás?]
Esperó un buen rato, pero el mensaje se quedó sin respuesta.
Frustrado, guardó el teléfono.
Aceleró el auto en dirección a Altavista Premier.
Pero a mitad de camino, dio un volantazo para cambiar de rumbo.
Si de verdad se iba a ir a su pueblo, tendría que pasar a recoger sus maletas primero.
Quería ver con sus propios ojos qué clase de teatro estaba armando la chiquilla esta vez.
Zulema apenas acababa de entrar a su departamento cuando el timbre empezó a sonar con insistencia.
Con el teléfono en la mano, se acercó a abrir.
Al ver a Venancio al otro lado de la puerta, jadeando por haber corrido, se quedó paralizada y bajó el celular.
—¿Venancio?
Él entró de un par de zancadas y la agarró del brazo.
—¿Te vas a ir a tu casa?
Zulema estaba confundida.
—Ya estoy en mi casa.
Venancio se frenó en seco, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo.
—Cuando dijiste «mi casa», ¿te referías a este departamento?
—¡Pues claro! ¿Adónde más iba a ir?

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