Silas dudó durante un largo rato, incapaz de encontrar las palabras adecuadas.
La expresión de Adrián recuperó su habitual frialdad.
—¡Habla!
—Mientras usted estuvo aquí en el hospital... pasaron muchas cosas.
Silas midió cada una de sus palabras.
—La noche que arrestaron a la señora, nadie sabe exactamente qué ocurrió, pero sufrió una crisis emocional severa. Su condición médica empeoró de golpe y tuvieron que trasladarla de urgencia. Ahora está en terapia intensiva.
Adrián clavó la mirada en el techo. Sus ojos parecían vacíos, desprovistos de cualquier chispa de vida.
—¿Qué más?
—El... el señor Arturo dio una rueda de prensa. Aseguró ante todos los medios que las acciones de la señora fueron decisiones unilaterales, y que nadie más en la familia estaba al tanto.
Adrián cerró los ojos, intentando sofocar la punzada de dolor que le cruzó el rostro.
—Mi padre está lavándose las manos.
Silas tragó saliva, aterrado de continuar.
—Sigue —ordenó Adrián con voz gélida.
—Hay algo más... el señor Arturo está arreglando un matrimonio con la familia Quintero.
Los ojos de Adrián se abrieron de golpe, como si lo hubieran apuñalado.
—¿Un matrimonio?
Los Quintero tenían tres hijos y una hija.
El menor estaba muerto. El segundo ya estaba casado. La hija estaba comprometida. Solo quedaba el primogénito, que tenía la peor reputación de toda la ciudad.
¿Acaso...?
El pecho de Adrián se oprimió y frunció el ceño con violencia.
—¿Es para Jovita?
—Sí. El señor Arturo quiere casarla con Patricio Quintero.
...
El silencio en la habitación se volvió sepulcral. Lo único que se escuchaba era la respiración agitada de Adrián, ronca y dolorosa.
—¡Llévame a casa!

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