Al día siguiente.
Era el funeral de Miguel Quintero, el hijo menor de la familia Quintero.
Noel y Venancio, vestidos con impecables trajes negros, asistieron para dar el pésame.
El salón era solemne y el ambiente pesado.
Aunque el difunto era joven, no faltaron líderes y hombres mayores presentando sus respetos.
En realidad, la mayoría asistía por cortesía hacia Don Primitivo.
Después de todo, la posición de la familia Quintero en Puerto Alba no era algo que pudiera subestimarse.
Don Primitivo Quintero.
El patriarca de los Quintero.
A punto de cumplir los sesenta, pero con una figura robusta y una mirada penetrante.
De pie junto a él, llorando tanto que era imposible saber si era dolor genuino o fingido, estaba su joven esposa, Fabiola.
Tenía más de veinte años menos que Primitivo.
Noel se adelantó para saludar.
—Don Primitivo.
Era evidente que Primitivo estaba verdaderamente destrozado por la muerte de su hijo menor.
Tenía muy mal semblante.
Por supuesto, esa mala cara tal vez se debía en parte a la llegada de Noel.
Sin embargo, Primitivo era un hombre capaz de mantener la compostura y no dijo mucho.
Esperó a que terminaran los servicios fúnebres para llamar a Noel a una habitación privada.
Venancio intentó seguirlo.
Pero los hombres de Primitivo le cerraron el paso.
El rostro de Primitivo era de hielo.
—Solo hablaré con él.
Noel le dio a Venancio una mirada para tranquilizarlo, y él retrocedió.
Por el exceso de pena y el desgaste físico, Primitivo necesitaba que alguien lo sostuviera incluso para sentarse.

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