El chofer hablaba hasta por los codos.
Por pura educación, Noel soltaba una que otra afirmación corta de vez en cuando.
Nanette lo miraba de reojo, y una tierna sonrisa afloró en sus labios.
Así era su marido, un hombre que siempre le daba a la gente el respeto que se merecía.
Nunca se portaba como un millonario elitista que veía de menos a los demás.
De repente, el auto salió de la autopista y se detuvo poco después.
Un oficial de tránsito estaba en el lugar indicándoles que tomaran un desvío.
—¡Se me olvidaba! —exclamó el chofer—. Están reparando este camino. Qué pena, joven, vamos a tener que tomar una ruta alterna. Es probable que tardemos unos kilómetros más en llegar.
—No hay problema —dijo Noel.
—Es que como el gobierno local no daba dinero para arreglar el asfalto, este camino estaba lleno de baches, y con las lluvias no se podía ni pasar. Por eso se volvió obligatorio dar la vuelta por otro lado.
—Pero menos mal que apareció un alma generosa que puso el dinero, y dentro de poco vamos a tener una autopista de primera.
—Dicen que la clave para la riqueza de un pueblo son las carreteras, así que cuando la abran va a ser mucho más fácil viajar y el pueblo va a mejorar.
—Esa señorita Mera, la que hizo la donación, es un ángel enviado por Dios. ¡Donó decenas de millones de pesos solo para arreglarnos la carretera!
Nanette se quedó estupefacta. Una persona acudió a su mente en el acto.
Irene Mera.
Desde el día en que se despidieron, habían pasado tantas cosas que Irene solo le había mandado un mensaje para saludarla.
Desde entonces, no habían vuelto a hablar.
Al escuchar aquel apellido, Nanette sintió como si se acabara de topar con una vieja amiga.
El chofer continuó:
—Aunque es algo extraño. La señorita Mera hizo tremenda obra de caridad, pero se negó a que los periodistas le hicieran entrevistas o a que le tomaran fotos. Nadie sabe ni cómo se ve. Lo único que nos dijeron es que se llama de apellido Mera.
¿Señorita Mera?
Nanette se paralizó y miró a Noel.
Él sonrió con calma y sugirió: —¿Por qué no la llamas?
A lo mejor se trataba de la misma persona.
Nanette se sintió invadida por la culpa.
Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que no tenía ni idea de dónde vivía Irene.

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