Justo cuando Nanette iba a abrir la boca, sintió un calor reconfortante en su mano.
Noel había puesto su mano suavemente sobre la de ella y le hizo un leve asentimiento.
Esa seguridad de Noel le fue bajando el pánico a Nanette, como si por fin pudiera respirar.
Noel tecleó rápidamente algo en la pantalla de su celular y luego lo dejó caer en la ranura entre los asientos.
El coche se detuvo debajo de un puente.
Estaba completamente desierto y el viento soplaba helado.
Apenas se detuvieron, unos siete u ocho hombres rodearon el vehículo.
No era un susto: era una sentencia.
Nanette se protegió el vientre por instinto; el miedo le punzó por dentro.
No era que le tuviera miedo a la muerte.
Le aterraba que le pasara algo a su bebé.
Aunque esa pequeña vida llevaba muy poco tiempo dentro de ella, el instinto maternal ya había hecho que a Nanette le resultara imposible siquiera pensar en perderlo.
Hasta ya le había pensado nombres.
Si era niño, pensó en ponerle León Larco.
Si era niña, Brenda Larco.
El conductor sonrió con esa malicia que da mala espina.
—Ustedes dos, bájense del coche.
Noel no mostró ni una pizca de miedo. Su tranquilidad incluso desconcertó al chofer.
—Qué mala suerte la tuya. La orden era traer solo a la mujer, pero ya que te colaste, te tocará a ti también.
Noel entrecerró los ojos.
—¿Vienen de parte de la familia Godoy o de la familia Camoso?
El chofer se quedó descolocado.
—¡Qué familia Godoy ni qué familia Camoso! ¡Déjate de mamadas y dame el celular!
Noel miró a Nanette de reojo.
Ella le entregó su celular sin oponer resistencia.
Noel se justificó con calma:
—Creo que se me cayó el mío cuando me subí. Si no me crees, puedes buscarlo.
Como el chofer tenía prisa por terminar el trabajo, no quiso perder el tiempo discutiendo.
—¡Bájense!
—¡Bájate de una puta vez!
—Déjala que se quede ahí sentada, hace frío afuera —dijo Noel con voz neutra.
—¡Ah, cabrón...!
No tuvo oportunidad de terminar la frase.
El puño de Noel voló directo hacia su cara.
La puerta se cerró de golpe y el interior del auto seguía calientito.
Pero afuera, se había desatado una pelea salvaje.
Nanette no tenía ni idea de que Noel peleara tan bien.
A pesar de ser siete u ocho tipos, ninguno lograba hacerle ni un rasguño.
Al contrario, todos estaban terminando molidos a golpes.
Noel era rápido y despiadado. Casi todos sus golpes iban directo a puntos vitales; de no ser porque se estaba conteniendo un poco, seguramente los habría matado ahí mismo.
Quién iba a pensar que un hombre que siempre se veía tan refinado y tranquilo se convertiría en ese instante en una máquina de pelear.
A Nanette por fin le fue bajando el susto; empezó a volver en sí. Hasta que vio a un sujeto acercándose sigilosamente por la espalda de Noel. El brillo de la navaja que llevaba en la mano se reflejaba bajo la luz de la luna; era aterrador.
Sin dudarlo ni un segundo, Nanette abrió la puerta y salió corriendo.

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