—¡Nomás llego y ya me estás haciendo la vida de cuadritos! Te caigo mal y me quieres fregar a propósito, ¿verdad?
Dina le soltó una retahíla de quejas.
Nanette ni siquiera frunció el ceño.
—En primer lugar, en el aeropuerto está prohibida la entrada a los taxis piratas, así que es imposible que hayas agarrado uno. Con lo especialita que eres y tu nula capacidad para conformarte, seguro pediste una camioneta ejecutiva de las buenas. Y como es un servicio legal, ningún chofer baja a un pasajero a medio camino nomás porque sí. Si no me equivoco, seguro lo insultaste y lo trataste tan mal que no le quedó de otra más que invitarte a bajarte de su vehículo. Y en cuanto a lo de la moto, lo más seguro es que ibas caminando sin fijarte.
Caminar creyéndose la gran cosa siempre había sido el estilo de Dina.
—Tú... —Dina se mordió el labio por un buen rato—. ¡Claro que no!
¡Qué coraje!
¿Cómo demonios sabía tanto?
¿Cómo sabía todo con tanto detalle?
¡Le había atinado a todo!
Pero aunque fuera verdad, Dina jamás lo iba a admitir.
No soportaba a Nanette, no la tragaba desde la primera vez que la vio.
Por eso, cuando Galileo y Nanette se casaron, Dina le arruinó el vestido de novia a escondidas.
Menos mal que Nanette era lista y le había pedido a Camila que le guardara otro de repuesto.
Quedó perfecto.
De todas formas, a ella no le gustaba el vestido que Galileo había escogido.
Gracias a los berrinches de la niña mimada de Dina, todo le había salido a pedir de boca.
Nanette se sentó con toda la calma del mundo y dijo sin prisa:
—Si es verdad o no, tú eres la que mejor lo sabe. Echar mentiras no es buen hábito para una niña.
Dina abrió los ojos de par en par.
—¡Cuál niña, ya tengo veinticuatro!


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