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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 190

A Nanette se le vino el mundo encima; la vista se le nubló y las piernas casi la traicionaron.

Se agarró con todas sus fuerzas del borde del mueble para estabilizar su cuerpo tembloroso.

¡Cómo era posible!

¡Si ayer estaba perfectamente bien!

El doctor mismo había dicho que su recuperación superaba todas las expectativas, y que con buen cuidado volvería a la normalidad.

Ella le había prometido que hoy pasaría todo el día con él.

Ella había dicho que lo llevaría a vivir con ella un tiempo...

...

El cuerpo de Guillermo ya había sido trasladado a la funeraria.

Nanette corrió hacia la sala de velación.

En cuanto Eloísa la vio entrar, se abalanzó sobre ella y le cruzó la cara con una bofetada.

Pero Nanette estaba tan entumecida que ni siquiera sintió el golpe.

Lo único que le dolía, y con una intensidad desgarradora, era el corazón.

Las piernas le pesaban como plomo.

Todo parecía una pesadilla; lo que veía frente a sus ojos se sentía irreal, como si estuviera flotando en el vacío.

Levantó la mano temblorosa, queriendo acariciar aquel rostro pálido y sin una gota de sangre a través del cristal del ataúd.

Su padre yacía sin vida en el frío ataúd, con los ojos cerrados, como si hubiera dejado algo pendiente en este mundo.

Nanette se agarró el pecho; le faltaba el aire.

¡No!

¡Su padre no estaba muerto!

¡Por supuesto que no!

¡Era un sueño!

¡Tenía que ser una maldita pesadilla!

Las lágrimas le corrían sin control mientras empujaba el cristal, desesperada por abrir el ataúd.

—¡Tú ni siquiera lo querías! ¡Solo te gustaba la vida cómoda que te daba y que te resolviera tus problemas! Como nunca lo quisiste, ¡le decías lo que se te pegaba la gana sin importar si lo lastimabas o lo hacías sufrir!

Nanette ya había perdido la cabeza por completo.

—¡Eloísa! ¡Tú eres la asesina!

La cara de Eloísa se tensó.

En cuestión de segundos, apretó los dientes, caminó hacia Nanette y la agarró del cabello con una mirada llena de odio, como si quisiera devorarla viva.

—¿Y desde cuándo te atreves a llamarme por mi nombre? Hija malagradecida, te haces la muy persignada y la buena hija, pero por dentro eres una maldita víbora.

—Te llamé mil veces ayer en la noche, ¡¿por qué demonios no contestaste?! Tu padre murió queriendo verte por última vez, ¡se fue con ese dolor por tu culpa!

—¡Y todavía tienes el descaro de venir a echarle la culpa a los demás! ¡Para mí que tú fuiste la que lo mató!

Por última vez...

Se fue con ese dolor...

Esas palabras destrozaron a Nanette por completo.

Las piernas ya no le respondieron y se desplomó de rodillas. Las lágrimas nublaron su vista, al punto de que ya no podía distinguir nada a su alrededor.

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