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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 193

—¡Te maldigo a quedarte solo por el resto de tu vida!

Galileo le contestó por puro instinto:

—De eso ni te apures, ya hasta tengo a mi hijo. Mejor preocúpate por ti.

—¡Ja! Pobre de ti si ese hijo te lo hizo otro cabrón.

Yolanda tembló ligeramente y dio un paso al frente.

—¡Nanette! Te estás pasando.

Galileo estiró el brazo para protegerla detrás de él.

—Por cierto, se me olvidó decirte. Ya mandé a analizar una muestra de sangre de Mateo, los resultados ya deben estar listos.

—En estos días le voy a pedir a Silvio que vaya por la prueba de ADN, ¡y te voy a restregar en la cara si Mateo es mi hijo o no!

La mano de Yolanda, que se aferraba a la ropa de Galileo, se tensó de golpe.

Ella nunca imaginó...

—Galileo, ¿qué acabas de decir...?

Galileo se dio cuenta de que había hablado de más por el coraje y trató de arreglarlo de inmediato.

—Yolanda, no lo tomes a mal, es que como ella se la pasa chingando con que Mateo no es mi hijo, quise hacer la prueba para callarle la boca.

—No es por otra cosa, no te vayas a hacer ideas raras.

A Yolanda se le salieron las lágrimas a cántaros.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? Debiste haberlo platicado conmigo. Con esto, es imposible que no piense mal.

—Yolanda... —Galileo entró en pánico—, no llores, de verdad no es lo que estás pensando. ¿Cómo crees que voy a dudar de que Mateo sea mi hijo?

Al decir eso, abrazó a Yolanda enfrente de Nanette, sin importarle nada.

El cuerpo de su papá seguía ahí, dentro de ese ataúd frío. ¡Y Galileo todavía se atrevía a hacer sus escenitas ahí!

Nanette volteó a su alrededor, pero no había nada con qué atacarlo.

Entonces, su mirada se clavó en un jarrón de porcelana con flores artificiales que estaba sobre la mesa.

Nanette dio unos pasos rápidos y, justo cuando sus dedos rozaron el jarrón, alguien la detuvo.

Venancio, vestido con un traje negro y el rostro muy serio, le dijo en voz baja:

—Déjamelo a mí.

Dicho y hecho, Venancio lanzó una patada lateral a toda velocidad.

«Si hubieras mandado al diablo a Galileo mucho antes, a lo mejor nada de esto habría pasado.»

«Por tu culpa se murió tu papá.»

«Por tu culpa te convertiste en el hazmerreír de todos.»

Nanette apoyó la mejilla en el ataúd, aferrándose a ese último contacto como si eso pudiera detener el frío.

Galileo, todo golpeado, se llevó a Yolanda y salieron con la cola entre las patas.

Parecía que ella había ganado la pelea.

Pero para Nanette, ella lo había perdido absolutamente todo.

Las lágrimas ardientes cayeron sobre el ataúd.

Dicen que perder a un ser querido no es una tormenta que pasa rápido, sino una llovizna fría que te empapa de por vida.

Tenía tantas cosas de las que arrepentirse... ¿cómo iba a soportar esa carga?

Las lágrimas le nublaron la vista.

Entre la visión borrosa, a Nanette le pareció ver una silueta conocida.

Alguien estaba de pie junto a ella, en total silencio, con el ceño fruncido.

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