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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 211

Nanette soltó una risa sarcástica.

Ya se le había olvidado que la imagen de marido perfecto que Galileo armó en la subasta hace poco le había sumado muchos puntos.

Ahora las mujeres de afuera casi lo veían como el esposo ideal de la nación.

Guapo, de varo, y consentidor con su esposa; un partidazo difícil de encontrar.

Pero Nanette ya no pensaba seguirle el juego a este gran hombre.

—No voy a ir a ninguno de tus eventos de ahora en adelante.

—¡Cómo que no vas a ir! Hay eventos de negocios en los que tienes que estar a fuerza —reclamó Galileo.

—¿No tienes a tu amante? Llévala a ella. Así de paso todos ven cómo, aparte de consentir a tu esposa, también cuidas muy bien a otras mujeres.

El rostro de Galileo se fue endureciendo.

—¡Nanette, ya bájale, ¿no?! ¿Se te olvida que en el acuerdo de divorcio lo dejamos muy claro por escrito?

—Hasta que no hagamos público el divorcio, tienes la obligación de seguir fingiendo conmigo. Tú misma lo firmaste.

Nanette levantó la mirada con un destello de burla.

—Ya no quiero fingir, ¿y qué me vas a hacer?

Galileo ya se esperaba esa respuesta.

—Entonces despídete de los quinientos millones.

—¿Ah, sí?

—A lo mucho te vas a quedar con un departamentito y un carro. ¿A poco crees que vas a poder sobrevivir con eso?

Nanette se quedó callada un buen rato.

Discutir con Galileo ya la tenía harta.

—Piénsalo bien, Nanette. Ahorita Eloísa no te va a dejar regresar a la familia Larco, te vas a quedar completamente sola. Con esos quinientos millones, si te administras, vas a poder vivir bastante bien, pero si no...

La expresión de Galileo ocultaba cierto desprecio.

—Pero si no tienes esa lana, con tus capacidades, la vas a pasar muy mal.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Nanette.

—Pues... ya veremos.

Galileo frunció el ceño.

—Ese día que te acostaste con Yolanda en el coche, ¿no se te hizo muy raro todo?

Galileo se quedó sacado de onda.

—¿A qué te refieres?

Nanette se dio la vuelta para entrar mientras hablaba.

—Piénsalo tú mismo. No creo que seas tan idiota como para dejarte llevar nomás por la calentura.

Apenas terminó de hablar, la puerta se cerró de un portazo.

Galileo se quedó afuera, con unas ganas tremendas de patear la puerta del coraje.

Pero las palabras de Nanette seguían dándole vueltas en la cabeza.

¿Raro?

Ese día la verdad es que no tuvo nada de autocontrol.

Siempre creyó que fue por los tragos que se echó y por el caldo que se tomó en la cena.

¿Acaso...?

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