—Ese día en el carro, ¿por qué de repente se me subió la calentura así?
Yolanda se tensó ligeramente.
—Este... ¿Yo qué voy a saber? No soy hombre.
Galileo le apartó la mano y la miró fijamente a los ojos.
—Yolanda, no eres buena mintiendo. Así que dime la verdad.
Yolanda se mordió el labio.
—Me da miedo decirte.
—¿Fue idea de la abuela? —insistió él.
Yolanda dudó un buen rato antes de contestar.
—La abuela le puso algo a los postres… para que te prendieras. Pero te juro que yo no lo sabía antes. Me enteré después de que...
Galileo frunció el ceño y se quedó en silencio por mucho tiempo.
—Galileo, ¿estás enojado conmigo? —preguntó ella con cautela.
Él soltó un suspiro.
—No, la culpa no es tuya.
Si había a quién culpar, era a su abuela, que siempre tomaba decisiones por su cuenta.
Y a él mismo, por estar en una posición donde solo podía aceptar lo que le imponían.
Pero, ¿de qué servía saber que había sido obra de su abuela? Al final, lo único que ella quería era que se casara con Yolanda lo más pronto posible.
Menos mal que esa mujer se lo había advertido. De lo contrario, seguiría engañado.
Poco después, Silvio le marcó por celular.
Galileo respondió con evasivas para no dar detalles, pero Silvio entendió de inmediato.
—Señor Godoy, surgió un imprevisto en la empresa, ¿podría dar una vuelta por acá?
—Claro, voy para allá.
Al ver que se iba, Yolanda no pudo disimular su decepción.
—Gali, ¿tan tarde vas a ir a la empresa? Habíamos quedado en platicar ahorita para organizar la fiesta del primer mes de Mateo.
—Ponte de acuerdo con la abuela y las demás —respondió él—. Lo que ustedes decidan está bien para mí. Si tienes alguna idea, dísela a ella. Yo no tengo problema.
—Yo no quiero hacer lo que se me dé la gana —replicó Yolanda—. Solo quiero que Gali me ame y estar con él toda la vida.
—Eres una romántica empedernida.
—¡No tiene nada de malo! —se quejó ella haciendo un berrinche—. Eso es lo que siempre he querido.
—Está bien, está bien, no tiene nada de malo. Mi princesa es la más inteligente.
Yolanda cambió de tema.
—Oye, papá... hace rato Gali me preguntó sobre lo que pasó el día de la cena. Yo pensé que nunca se iba a dar cuenta, pero de la nada me sacó el tema. Hasta me asustó.
—¿Y qué le dijiste?
—Hice lo que me aconsejaste y le eché la culpa a la abuela. Menos mal que ya habíamos hablado con ella para ponernos de acuerdo.
Luis soltó una carcajada llena de astucia.
—La verdad, nunca pensé que Anatolia fuera a aceptar hacer eso.
Yolanda lo veía de una forma mucho más simple.
—La abuela solo quiere que nos casemos lo más pronto posible.

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