—Señorita, ¿busca a alguien?
Nanette salió de su trance.
—Sí, busco a una mujer llamada Candela.
La mujer hizo memoria.
—¿Candela?
—¡Sí! —exclamó Nanette con emoción—. Lleva viviendo aquí más de veinte años, seguro la conocen.
La mujer le sonrió con amabilidad.
—Ay, es que yo soy nueva, y como hay tanta gente, todavía no me aprendo todos los nombres. Mejor pregúntele a Ximena, ella es la directora y lleva aquí desde que se fundó el lugar.
Nanette intentó contener su emoción.
—De acuerdo, ¿podría llevarme a ver a Ximena, por favor?
—Híjole, pues va a tener que esperar un ratito. Ximena acaba de salir a hacer un pendiente, yo creo que se tarda como una hora en volver.
—No importa, la espero.
Había esperado veintiocho años, ¿qué era una hora más?
La mujer la llevó hasta la oficina de la directora.
—Siéntese aquí mientras tanto. Hace mucho frío afuera y tiene pinta de que va a llover al rato.
Mientras hablaba, le sirvió un vaso con agua.
—El clima aquí en Ópalo es mucho más frío que en otras ciudades, y veo que usted no viene muy abrigada. ¡Se nos va a enfermar!
Nanette sonrió, un tanto apenada.
—Sí, hace bastante frío. Salí de prisa y no se me ocurrió traer una chamarra más gruesa, pero como venía en el coche, no sentí tanto el golpe.
La empleada no dejó pasar la oportunidad para darle un consejo.
—Tenga mucho cuidado al manejar, ¿eh? Últimamente ha habido muchos deslaves en los cerros de por aquí. Las autoridades ya andan en eso, pero se ve que van a tardar un buen rato en arreglarlo.
El gesto le pareció muy tierno a Nanette.
—Muchas gracias, tendré cuidado.
Una hora y media más tarde, Ximena apareció.
Los nervios que Nanette apenas había logrado calmar regresaron de golpe. Se levantó de un salto para recibirla.
—¿Ximena?
La directora era una mujer que rondaba los sesenta años, pero se veía impecable y muy profesional.
—Sí, ¿quién la busca?
—Vine a ver a la señora Candela. Sé que lleva viviendo aquí mucho tiempo.
La expresión de Ximena cambió drásticamente.
Nanette se quedó viendo fijamente el nombre «Candela» impreso en el papel. La voz de Ximena de pronto se escuchaba como un eco lejano.
—Fue un derrame cerebral repentino. Todo pasó muy rápido, ni siquiera dio tiempo de llevarla a urgencias.
Nanette se quedó paralizada un largo rato antes de poder articular palabra.
—¿Podría... podría llevarme a ver el cuarto donde vivía?
—Claro que sí —asintió Ximena—. Aunque ahora la habitación la ocupa otra persona. Déjeme avisarle primero.
Nanette no dijo nada, solo asintió con la cabeza.
Le habían dado un rayo de esperanza solo para arrebatárselo al segundo siguiente.
¿Qué quería la vida de ella?
¿Por qué se ensañaba tanto en hacerla sufrir?
Nanette tenía un nudo en la garganta. Solo ella sabía cuánto esfuerzo le costaba no romperse a llorar ahí mismo.
Ximena la guio hasta el cuarto.
Un señor mayor estaba descansando dentro.
Nanette saludó por educación, y el anciano le hizo un gesto para que pasara con confianza.
El cuarto no era muy grande, pero tenía de todo y estaba impecable.
—¿Dejó... dejó algo de sus cosas? —le preguntó Nanette a Ximena en un susurro.

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