—Principalmente es porque has estado muy tensa últimamente, lo que te causó un agotamiento físico y mental.
—Supongo que sí —dijo Nanette. En ese momento, le rugió el estómago.
Noel soltó una carcajada.
—Tu estómago ya está reclamando, ¿ves? De ahora en adelante, pase lo que pase, comes y descansas. No cargues el mundo tú sola; por preocuparte más no se arregla antes.
Nanette sonrió.
—Ya entendí, maestro.
El desayuno del hotel era bastante austero. Nanette miró la comida y luego a Noel. Se quedó sin saber qué decir.
—¿Quieres que vayamos a comer a otro lado si esto no te gusta?
Noel intentaba abrir una bolsita de aderezo.
—Está sencillo, pero está limpio. Y comer ligero cae bien.
Al ver que no podía abrirlo, Nanette extendió la mano para quitárselo.
—Yo lo hago.
Lo tomó y, por pura costumbre, lo abrió con los dientes.
Cuando levantó la vista, Noel le sonreía con ternura.
Nanette pensó que le había dado asco y soltó una risita nerviosa.
—Perdón, es la costumbre. Ahorita te abro otro.
Aunque Nanette era la hija mayor de la familia Larco, Eloísa nunca la trató con privilegios; la dejó crecer a la buena de Dios.
En la universidad, se la pasó trabajando y estudiando al mismo tiempo, como si viniera de una familia de escasos recursos. Por eso se había acostumbrado a una vida sencilla.
Al no tener encima todas esas reglas estrictas de la alta sociedad, Nanette vivía con mucha más libertad.
A Noel no le importó en absoluto.
—Así estás perfecta.
La sonrisa de Nanette se desvaneció un poco.
—¿A poco no parezco una niña rica?
—Ser tú misma es lo mejor que puedes hacer —respondió Noel—. No hay una forma “correcta” de ser alguien con dinero; con que seas tú, basta.
—Tal vez por eso me siento tan a gusto cada vez que platico contigo —comentó Nanette.
No tenía que fingir, no había presiones; podía ser ella misma sin ataduras.
Noel detuvo sus movimientos por una fracción de segundo.
—¿Crees que no soy feliz?
Nanette trató de buscar las palabras adecuadas para no incomodarlo.
—Tampoco es eso... Igual y son ideas mías, pero a veces me da la impresión de que tienes la cabeza en otro lado.
Noel bajó la mirada y guardó silencio.
¿Acaso le había dado al clavo?
El ambiente se volvió un poco tenso.
Nanette empezó a arrepentirse de haber sacado el tema. Para aligerar el momento, añadió:
—La verdad es que me preocupo a lo tonto. Mírate: tienes lana, eres guapo, tienes poder e influencia, y lo más importante, tienes una prometida hermosísima y de buena familia. ¡No manches, cómo vas a tener problemas!
Noel siguió sin responder.
Nanette mordió su tenedor, regañándose mentalmente.
¡Qué necesidad tenía de decir tantas tonterías tan temprano!
Noel dejó los cubiertos en el plato y la miró fijamente.
—Tienes razón, sí hay algo que me atormenta.

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