Sabía perfectamente que él estaba jugando la carta de la víctima para ablandarla y salirse con la suya.
¡Ni loca!
No había manera.
—No la quiero, gracias.
Galileo reaccionó con berrinche:
—Si tanto te molesta, pues véndela. Al menos le sacas una buena lana.
Nanette, en lugar de enojarse, soltó una carcajada sarcástica.
—Pues entonces mejor transfiéreme el dinero directo a mi cuenta.
Galileo cerró la cajita con una sonrisa irónica.
—Va. ¿Cuánto quieres?
Nanette se quedó muda.
—No te preocupes, te lo paso de mi cuenta personal, la abuela no se va a enterar. Solo no te vayas a pasar de lanza con la cantidad.
Nanette ya no sabía ni qué contestarle.
Definitivamente, a Galileo hoy se le habían cruzado los cables.
El mesero trajo el postre.
Por fin, la cena estaba terminando.
Galileo se levantó al baño, dejando su celular en la mesa.
Sonó una llamada antes de que regresara.
Nanette echó un vistazo a la pantalla.
Irene.
La amiguita de Galileo.
Curiosamente, Nanette no le tenía coraje.
Al contrario, le estaba agradecida.
Al fin y al cabo, esa mujer la había salvado dos veces. Si no hubiera sido por ella el día que la drogaron, las consecuencias habrían sido fatales.
El teléfono sonó tres veces antes de que Galileo volviera a la mesa.
Miró la pantalla y, con total naturalidad, rechazó la llamada.
No volvieron a marcar.
Nanette supuso que Irene debía tener una urgencia real para buscarlo a esta hora.
Esa amiguita no era ninguna tonta.
Una amante inteligente y discreta jamás le marca a un hombre casado a menos que sea de vida o muerte, porque sabe que le puede armar un desmadre en su propia casa.
Nanette sabía que Irene era astuta, así que decidió picar a Galileo.
—A lo mejor es algo urgente, ¿no le marcas?
Galileo actuó como si nada.
—No, es solo un proveedor. Le marco mañana.
Total, ya no era su problema. La que se iba a hacer corajes cuando se enterara sería Yolanda.
Al salir, Nanette dijo que prefería regresar por su cuenta.
No quería interrumpir la importante llamada con su proveedora.
Pero Galileo no se lo permitió.
No tuvo más remedio que subirse de nuevo a su coche.
El trayecto fue completamente silencioso.
Nanette lo miró un par de veces.
Llevaba la mandíbula tensa, como si estuviera debatiendo algo muy serio en su cabeza.
El coche finalmente se detuvo en Altavista Premier.
Galileo bajó y caminó hacia la puerta del copiloto.
Nanette pensó que solo quería hacerse el caballero abriéndole la puerta, así que no le dio importancia.
Sin embargo...
Galileo abrió la puerta, se metió al coche a medias y la arrinconó contra el asiento.
Sus ojos tenían un brillo peligrosamente intenso.
—Nanette.
Ella, manteniendo la calma, lo miró fijamente y preguntó:
—¿Qué crees que estás haciendo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó